jueves, agosto 10, 2017

¿Sueñan los asalariados con ovejas currantes?

Me callé julio, porque sus últimas dos semanas gané gradualmente carga de trabajo extra, porque mi jefe y una de mis colegas, salieron antes que yo de vacaciones. No sólo tuve que hacer lo que me corresponde, sino ponerme creativa para hacer lo de otros sin chistar: era la paga extra para ganarme el cielo, uno que se llamó Bacalar y se apellidó Mahahual. Me enamoré del primer sitio como nunca antes en la vida de un lugar de vacación pura. Abandoné toda vestimenta formal y la cambié por chanclas, traje de baño y vestidos de algodón. Me olvidé de la rutina y me entregué al ocio, a leer un libro de cuentos de Guadalupe Nettel –el muy recomendable El matrimonio de los peces rojos–, recuperé el apetito y volví a comer porciones generosas como antaño, que de últimas me adelgacé mucho porque mi hambre menguó por estrés, por la ortodoncia, por las prisas. Me vestí de vacación. Y con el cambio de escenografía, me adentré en un espacio muy mío: dejar de ocupar mi cabeza con trabajo me obligó a entrar en mí, en mis asuntos, en mis pendientes, en mis tormentos.

Llevo ya demasiado tiempo observando cómo me hago pequeña, diminuta, ante un alguien a quien le he permitido crecer hasta ser un gigante que me aplasta y justo la ausencia de carga laboral me permitió verlo todo con una poca más de claridad: esa enormidad equivocó los caminos y me negó la contención que necesité de niña sin querer, quiero pensar, pero me rompió de una forma que, a mis 40 años, no he encontrado la manera de reparar todavía.

Durante la vacación, que hice absolutamente sola, como si de un retiro espiritual se tratara, donde no conocí o traté a nadie (más allá de los meseros o hosteleros que me recibieron) ocurrieron varios hechos que detonaron una ansiedad infinita. Me asusté mucho. Regresé corriendo a la ciudad a pedir hora con mi terapeuta, porque me sentí rota y consideré entonces un fracaso la vacación. Menos mal que en esos 50 minutos de exposición de mis sentimientos, recuperé la noción de que tocar fondo, no me ayudaría sino a reencontrar el camino.

Una de las tardes que pasé en Mahahual acudí a un restaurante que me recomendaron. Me apoltroné en uno de los camastros de la playa que le correspondía al local y, se me hizo fácil, ir por otra bebida sin más vestimenta que el traje de baño. El restaurante tenía suelo de arena, estaba en la playa, pero llamé de más la atención de un tipo que ocupaba la cabecera de una de las mesas que estaba cerca de la barra: lo acompañaba su familia completa. Pude contar a la hija, la nieta, el yerno, la esposa y otras mujeres en su compañía. El tipo me miraba de manera francamente incómoda, como si nunca hubiera visto a una mujer en traje de baño. Sonreía. Yo no. Al percatarme del hecho lo miré con cara de "se te perdió algo, no jodas", pero dio igual, el tipo seguía sonriendo, me sonreía a mí. Me faltaron herramientas, ahora entiendo, y valor para enfrentarme al tipo, como a ese alguien gigante en mi vida, para decirle las palabras justas y ponerlo en su lugar. "Parecería que nunca ha visto a una mujer en traje de baño, pero, por favor, deje de mirarme así, por respeto a quienes lo acompañan y a mí. Si no deja de hacerlo, sepa usted que esto puede ser considerado acoso sexual. No me joda y no le joda la vida a los suyos. Gracias". Pero no lo hice. No pude.

Cuando chica, el cabrón de mi padre hizo lo mismo que ese señor. Una y otra vez siendo una niña tuve que chutarme a mi sacrosanto progenitor mirando a diestra y siniestra a mujeres en la vía pública, en la televisión, en revistas porno que tuve a bien encontrar escalando en su clóset. Fui una niña muy espabilada e inquieta que tuvo un padre muy, pero muy pendejo en cuanto a crianza se refiere. No tenía sino una figura masculina –su padre, mi abuelo– muy pinche: mi abuelo se dedicó a ponerle el cuerno a mi abuela con cuanta mujer se le atravesó en el camino. Mi abuela se embarazó hasta 14 veces para retenerlo. Pero nada lo justifica. ¿Para qué tuvo hijos, si no estaba preparado? Y lo peor es que tuvo una primogénita, no un primogénito, y luego otra hija más, y no paró hasta tener un varoncito. En fin. El punto es que entre el acontecimiento del tipo acosador en la playa y mi reencuentro con mi ex, a quien frecuento últimamente, se me arrancó la moto: he transferido al ex los atributos de mi padre, le he machacado el enojo, la ira que he almacenado por años en contra de todo ese daño moral, y eso también afloró en la vacación. Gracias a las horas-diván lo identifiqué, pero eso no me exime de errar en el destinatario de ese mensaje. Podría decir que hoy estoy lista para ir a la ventanilla correcta a enunciar lo que por años he callado.

Anoche soñé con mi padre. Estábamos en una cocina con mi madre y mi hermano. Él hablaba de una mujer y de su relación amorosa con ella. Todo enfrente de mi madre. Yo le espetaba un "pero, ¿quién es ella?"; él me explicaba que se trataba de una chica con quien salía. Yo le respondía con un bonito "chinga tu madre". Él se sorprendía, claro, pero yo estaba feliz, porque por fin lo decía. Se mostraba molesto. Agregué un "que seas consciente de todo el daño que me has causado", se lo decía aunque la voz ya se me quebraba, apenas me salía, pero lo pude decir. Y me quedaba feliz. En el sueño era feliz. Al despertar me sentí feliz también. Antes de este sueño, en otros anteriores, mi voz no salía. Siempre que tenía a mi padre frente mío no era capaz de emitir el mensaje: lo pensaba, pero no me salía la voz. Algo por fin cambió.

En alguna ocasión, mi hermano me recomendó dejar de escarbar en el pasado, porque no tiene caso, porque hay que mirar para adelante. Todo en relación con mis vivencias y traumas de la infancia. Mi hermana, por otra parte, me alentaba a seguir, aunque no creía mucho en mi terapia, orientada al psicoanálisis, porque hueva, porque te puedes tirar años ahí. El punto es que a pesar de los años que ya llevo tumbada en el diván, he llegado. No me importa el tiempo, que todos tenemos un proceso; no me importan las horas ni el dinero invertido, he llegado, al fin. Si bien me siento profundamente triste, hay una satisfacción de fondo, porque me siento totalmente capaz de decirle a mi padre, en su cara, lo que me sucedió y las consecuencias e impacto que tuvo en mí su actuar.

Siempre es recomendable ir con el agresor, en la medida de lo posible, a ponerlo en antecedentes, a decirle qué hizo, qué te hizo, así entienda o no. Es entonces, quiero suponer, cuando la víctima se libera un poco de ese daño. El adulto era mi padre y la cagó. Y al muy padre me prohibí por años recriminarle, porque figura de autoridad y porque por supervivencia opté por callar, pasar desapercibida en muchas y diversas situaciones. O algo.

Estoy a punto de retomar labores. Confío en no resistirme más a mí proceso personal, en poder acabar de una vez por todas con este mal. Ya me ha partido la madre lo suficiente. Y que se joda el padre, que se joda quien se tenga que joder, lo siento.

La magia de la vacación fue encontrarme más clara respecto a este lastre. Podré entregarme, una vez que termine este asueto, a trabajar como una loca, porque eso va a pasar. Lo voy a agradecer. No hay de otra sino currar cual jabata, pero no por evadir, sino por dignificar. Estoy más que dispuesta.


CTRLLR: Lo opuesto, he de decir, a controlar. Si me libero del lastre, quizá pueda ser capaz de no sentir una ansiedad de muerte ante una posible colisión con otro ser, con otra alma. Y entonces poder establecerme junto a alguien. Qué enferma me puedo manifestar. Qué demente. Empero, lo sé, la cura está más cerca.

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