sábado, agosto 19, 2017

Barcelona sin miedo

Dudé por unos segundos si en realidad los gorgojos llegaron a los frutos secos que ahora yacían en mi casa por mi culpa. Sólo por unos pocos segundos. Repasé al instante lo sucedido: compré un tanto a mediados de julio en la tienda de ultramarinos de la calle Mier y Pesado; me los estuve llevando como colación al trabajo. Cuando me llegaron las vacaciones, al empacar se me hizo fácil tomar el último resto que yacía contenido en una bolsa Zilploc, junto con otras viandas no perecederas, para acompañarme en el viaje. La última noche que estuve en Bacalar no tuve fuerzas para salir a cenar, así que tomé lo que quedaba de frutos secos en la bolsita y comencé a comerlos, con la novedad de que no estaban solos, sino acompañados por unas lindas oruguitas y recubiertos por telarañas. Me dio un puto asco, porque ya me los estaba acabando y coraje, que francamente estaban buenos. Salí del cuarto y los tiré en el cubo de basura de la cocineta del hotel donde me hospedé. Ya no le di importancia al hecho. Pensé que era consecuencia del calor del puerto.

Al regresar a la Ciudad de México, decidí acudir al ultramarinos para proveerme de más de estas viandas para mi "regreso a clases" (literal, porque además de laburo, ahora asisto a un diplomado por parte del trabajo al Instituto de Investigaciones Jurídicas, sí, yo asisto a ese lugar a clases desde la semana pasada los días viernes y sábado) y, en cuanto llegué a casa, los dejé sobre la mesa de la cocina, luego de cambiar el nudito que hizo la tendera en la bolsa por una de mis pinzas aislantes: hay que proteger al producto de toda humedad. Ni 15 minutos pasaron cuando regresé a ellos y vi cómo dos oruguitas sobresalían sobre el montón de frutos secos. Maldije a la pobre tendera y me cagué en todo porque ya no tenía colación. Y no fue hasta hoy, una semana y media después, que volví a explicarle lo ocurrido. Sin chistar me devolvió los 222 pesos que pagué por dicha vianda. Sin embargo, en la tienda no dejé de mirar el mostrador donde yace dicho producto: se veían tan impolutos, que dudé. No es raro que dude, de mí, de los demás, de todo: soy desconfiada por una mala crianza propiciada por los machos de la familia que, muy hombres ellos, se les daba eso de no avisar cuando iban a diversificar con mujeres que no calificaban como sus esposas.

Dudosa al fin, insegura como siempre, esta semana acometí contra el anhelo de los últimos tiempos y obtuve respuesta, lo cual me hace pensar que me cargo demasiado hacia el extremo del worst case scenario, "habilidad" que, supongo, afilé cual hacha debido a los inconvenientes que viví en la infancia y me llevaron a prever en caso de que lo peor se hiciera presente. Cuánto miedo, ¿no? Miedo de una niña que temía el rostro fúnebre del padre, ¿será? ¿El regaño? ¿El pleito con la madre? ¿El cinturonazo? ¿El grito injustificado? ¿El distanciamiento? Nos queda tanta terapia.

Lo "raro" del hecho es que ocurrió el jueves, este fatídico jueves 17 de agosto, día que en Las Ramblas de Barcelona una furgoneta embistió contra la multitud y dejó un saldo de 13 muertos y 5un centenar de heridos. Como si de un videojuego se tratara, la camioneta intentó darle a todo lo que se moviera y... yo no me enteré del hecho hasta pasado el medio día. Karla me pedía insistente que revisara si Lulú estaba bien, porque había pasado algo en Barcelona. Lo hice de inmediato y me contestó que sí, pero para entonces ya había visto que Barcelona era tendencia en Twitter y comencé a mirar algunas imágenes y vídeos. Lulú estaba bien (con una cuita tremenda, pero "bien"), y yo ya no: estaba a salvo y no cerca de Las Ramblas, mientras yo comensaba a sentir un malestar gigantesco y unas ganas de vomitar que controlé bien, pero se acompañaban de un querer llorar brutal: la ciudad que me acogió durante 6 años, ese paseo que recorrí en innumerables ocasiones fue blanco de un ataque terrorista. La sensación de indefensión, el golpe de realidad de ya nadie está seguro ni en lo que yo consideraba la ciudad más segura del mundo, me tomó por completo y me hizo sentir tristísima.

Puede ser, no lo sé, que Barcelona me sirvió un poco de pretexto para dar un paso que todavía no comprendo del todo, pero había sido ya sugerido por más de una persona, incluida mi terapeuta. A cambio de mi confesión obtuve una invitación a un acercamiento. ¿Y qué va a pasar? Pueden pasar un sinnúmero de cosas, felicidad de por vida incluida, o todo lo contrario, con mucha felicidad también. La cuestión es que me atreví. Lo deseé por meses. Tengo todas las ganas. Pero tengo que confesar que me tomó por sorpresa. Era lo anhelado, pero esa es una cosa que siempre es sobrepasada por la realidad. Diana, al fin.

No quise ahondar en videos o fotografías de los muertos. El estómago se me revolvía. Lamento enormemente que un ataque terrorista haya tenido lugar en la ciudad condal. Me dolió muchísimo.

Era extraño como, en un día de mierda, una buena noticia me alegró como nunca. Porque nunca había decidido, no, por un mujerón así. Ella no se lo cree, podría adivinar. Va cauta, pero también decidida a ver qué hay. No lo sé. Y aunque sigo con un montón de dudas por inexperta, básicamente, confío que las decisiones avaladas por una fuerte corazonada, devengan en gratas consecuencias para las dos. Si nada de lo que he fantaseado sucede, ya gané una buena amiga, quiero pensar. Estoy en las putas nubes y tan ecuánime a la vez.

 

REBEL: Mi David Bowie del alma. Siempre me voy a arrepentir de no haberlo visto en concierto, pero bueno, era una adolescente cuando pasó por México y estaba el adiós a Soda Stereo, que me ganó. Luego, tampoco es que me tocara pillarlo y, ¡pam!, dijo adiós. Lo quiero tanto como quiero a Barcelona, como quiero y adoro a Lulú, a Pilar, a Shari, a Pere, así como a un montón de personas entrañables que conocí allá y que ya están aquí o en otras partes del mundo. Barcelona fue motor. El jueves activó algo. Me llevó hacia lo que estaba buscando. OMG.

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