miércoles, octubre 26, 2016

Persona de pocas personas

La quise mucho. Me acompañó en momentos en que lo pasé realmente muy mal, así que fue muy natural responder con cariño a gestos de consideré solidarios, auténticos, altruistas, porque no habría otra manera de ponerle calificativos a lo que alguna vez me unió a ella. La conocí en la primera clase del programa de doctorado que nunca terminé en la Autónoma de Barcelona, que ella sí, motivo por el cual la situé como superior a mí, consecuencia natural de mis traumas de la infancia y que pude ver a punta de terapia: aprendí que para querer a alguien, para demostrar cariño, tenía que hacerme a un lado. Así que no me costó nadita de trabajo con ella y me replegué y la llené de atributos: si ella había terminado un doctorado y yo no, ella tenía que ser la más lista, la más capaz, la más inteligente de todas, yo incluida. Todo mal.

Con el tiempo la amistad creció y a pesar de ya no compartir residencia en Barcelona, seguimos muy unidas. Ella regresó al entonces Distrito Federal, yo me quedé un rato más exiliada. Como suelo desechar a los recuerdos poco entrañables, tengo borroso su regreso a la ciudad condal, pero me parece que le di hospedaje cuando viví con unos chilenos, una pareja y su hijo pequeño. Estuvo a lo mucho un día en ese piso y se fue a buscar otro lugar para quedarse. Me dijo que los chilenos le habían robado dinero; yo tuve que creerle y, muy apenada, me supo mal que partiera a gastar una pasta que no necesariamente tenía y que encima le sacó esa gente. Hoy, lo dudo. Eso debió ser a mediados de 2009. Regresó cuando viví en un piso en la calle Sardenya en algún punto del 2010, cuando ya tenía una importante lesión en la columna, consecuencia de un accidente en carretera. El dolor era crónico y no la dejaba en paz, eso lo recuerdo bien. Me volvió a pedir hospedaje, uno que no tenía yo para ofrecer, pero era mi mana y se lo di, para que, una vez más, partiera a los días porque no podía dormir bien en el pinchurriento colchón que hizo las veces de mi cama en aquel tiempo. Qué penita no poder darle a una princesa un alojamiento digno, aun cuando se lo haces saber, te dice que sí y encima rechista y te hace sentir malito porque además, no la ayudaste a cargar su maleta por toda la ciudad, porque trabajas y estás ocupada en lo tuyo. Qué incómoda situación. La hubiera olvidado de no ser porque me colmó el plato hace casi un par de semanas y la tuve que mandar a la mierda harta de la suya.

Así se me fue saliendo. Cuando volví yo a DF, me acogió rota y casi que sin rumbo, y se lo voy a agradecer siempre, pero eso nunca le valió para pasar por encima de mí. "¿Cuándo te vas a pintar esas canas, mana?", me decía con una impostada vocecita de niña consentida que le quedaba, y queda, francamente mal. Yo la miraba, le contestaba que no me iba a pintar las canas a menos que quisiera pintarme el cabello de azul o rojo, que no las iba a tapar por vergüenza o para encubrir la edad. Nunca voy a entender a la gente que se mete con la demás gente si no se le pide opinión de algo tan personal como la apariencia propia. Nunca. "Ay, mana", decía con una conmiseración que tampoco entendí, "tantos años con tu terapia y no te ha servido de nada", terminaba de asestar cuando le contaba alguna intimidad. Pero ella nunca vio crueldad o mal en su comentario, otro que nadie le pidió. Como a ella "ya la habían dado de alta de la terapia", debía ser la reina y señora de la autoridad para juzgarme, ¿no? Y así terminé de vomitarla. Las ganas de verla menguaron hasta casi desaparecer.

Una de las últimas veces que la vi con ganas de pasar un buen rato en su compañía, fue una ida al Centro, a bailar en un lugar tipo Marrackech, del cual no recuerdo el nombre. Al término de la velada, ya borrachuzas, acompañadas de otra amiga que aún conservo y conocí por ella, me obstiné en pedir un Uber. Íbamos en busca de una referencia a donde el coche pudiera llegar. Ella dice que se desesperó porque yo estaba obsesionada con el puto Uber. Yo llevaba algo de fiesta encima como para tener una claridad total en lo que sucedía, pero recuerdo que llegado un punto céntrico, ya sobre Lázaro Cárdenas, masculló algo y pegó carrera con rumbo desconocido. No fue capaz, después lo vi, de pararme en seco y decirme que no quería esperar a mi Uber, e irse a su casa de cualquier otra manera. Como niña pequeña montó en cólera y se puso a correr como loca. La otra amiga la siguió, preocupada, porque era el Centro de madrugada, y terminó con un esguince. Yo me molesté mucho. Se lo dije. Pidió disculpas, pero no fue ni para visitar a la lesionada. De eso hará un año y medio. 

Cuestionó mi terapia, pero ella no veía sus deformidades. Me juzgaba y opinaba de mí, porque claro, yo le di un lugar supremo. Ella terminó un doctorado que yo no, era lógica pura, hasta que entendí y acomodé. Entonces la saqué de mi vida, porque cuando intenté hacerle saber de mi malestar, me mandó a la mierda. Soberbia me acusó de ver moros con tranchetes y manipulación por todos lados, como que ella "gracias a la terapia", ya había caminado por en medio de su ser... Ni siquiera consideró si lo que le decía era válido, que ya no cierto. Con gente así, ¿quién quiere enemigos? Yo ya no me hago a un lado, me tengo muy bien vista, con defectos, virtudes, limitaciones, talentos. A mí no me gusta chingar gratuitamente al prójimo, no al que quiero. Ya si se lo ganan...

Si ya desde cuándo sé que soy persona de pocas personas, no me costó sacarla de la lista. Tiene su lado triste, porque la historia tuvo su lado entrañable, pero la Napoleoncita puede seguirse de largo y hacer y deshacer y seguir viviendo en un estado de emergencia constante o no. Yo ya no colecciono gente tóxica desde hace tiempo. Y un título de doctorado no te hace más inteligente que nadie, aunque parezca que sí. Y yo, por ejemplo, por más inteligente que sea, no soy mejor que nadie más.


FUNERAL: Tengo que confesar que da gustito, sí, mandar a la mierda a quienes hacen daño. Daño, dañito o dañote, por encima de mí no van a pasar, que mi trabajo me ha costado labrarme como la mujer que ya soy, y la premisa es no dejar de reconocerme, de verme, no perderme de vista jamas. No es sino mi causa, pero esta no es sino mi casa y, aquí, los infantes testarudos no entran a hacer su desmadre. Ni uno. Porque pereza infinita. Y porque en mi vida mando yo.

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