viernes, marzo 18, 2016

Que las lágrimas se sequen solas

Tardé mucho en ver el documental de la vida conocida de la Amy Winehouse. Temblé casi desde el principio: qué identificada me sentí con ese vacío abrumador que se vislumbra en esa escuálida chica que apenas tuvo conciencia de nada. Realmente abrumador. Me comenzaron a sudar las manos en cierto punto —quizá porque ya conocía el final— y entonces reparé en lo identificada me sentí con ese no tener objetivos claros en la vida, con esa catástrofe que es ser como una hojita al viento. Todo el tiempo me pregunté por qué coño no hubo alguien que le dijera que existe la terapia, porque entonces vas ahí a dejarte la piel para entender por qué coño eres esa cosa que eres, esa masa amorfa y sin expectativas que tiene que pagar para recuperar la forma y el rumbo que perdió por esa incómoda sensación de no poder ser sino tener que fingir por el cariño. O al menos, yo eso creo. Dijeron que era un alma vieja, una mujer de 62 años en el cuerpo de aquella jovencita de origen judío.

Nunca fui realmente fan de la Winehouse. Escuché apenas sus grandes éxitos casi que porque sonaba en todas partes, no porque yo la sintonizara, la eligiera. Me pasó de noche, aunque creo que me acompañó en varias ocasiones allá, en Barcelona.

Vaya vidas tristes. Tristes para mí, claro está. Que lo vivido y lo bailado.



AMY: Y no nada más la voz, las letras. La muy perra se daba el lujo de escribir unas metáforas de miedo. 


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