martes, diciembre 22, 2015

Perras

Yo les digo perras, pero puedo asegurarte que no tienen la forma de un animal tal y como lo es un perro. Aun así les digo perras, las pinches perras: personas tan comunes como cualquier ciudadano de a pie. Lo que las hace perras, creería, es la sed de aprobación, una voraz necesidad de recibir no una, sino cien mil millones de "palomitas", de apapachos y caricias de sus superiores –en algunos casos de los colegas, también–, palmaditas en las espalda que avalen sus "buenas acciones", esas que se dedican a fabricar y apuntalan con conductas pasivo-agresivas que, ¡oh, dios mío!, mucho contaminan los ambientes en los que se mezclan. Sepan que las pinches perras no son sólo mujeres: hay hombres que se decantan por ser parte de esta especie que tanto prolifera en espacios cerrados y de largo cautiverio como lo son las oficinas, ¡ah!, maravillosos templos de este tipo de conductas.

Las perras se erigen cuales gigantescas efigies de la bondad: cuando se reflejan en un espejo, lo que ven son hermosas figuras de eso que anhelan ser; así, pueden llevar ropa costosa o que aparentan ser costosas, unas porque tienen y pueden, otras porque quieren lo que las otras tienen, al menos parecerse a eso a lo que aspiran. Y pasan desapercibidas. Quizá sólo unos cuantos padezcamos el horror humano que es verlas de cerca y sentir demasiada pena: me encantaría conocer a una pinche perra que se dé cuenta que no me la pegan, que no les creo, que las detesto y no las quiero por aquí, porque a mí no me obligan, porque a mí nadie tan cortito –en todos los sentidos– me puede dar línea y que lo vaya a seguir.



VIDEO: Y así, pegándose como animales, van los unos con los otros reproduciéndose y vaciando al mundo su mediocre ser. Esa es la historia, amigos, y se repite ad infinitum, ad náuseam, por el resto del maldito tiempo.

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