miércoles, junio 10, 2015

El año de los achaques

Es definitivo: pasando los 35 la vida cambia. Qué decir a los 38. Se te cae el pelo, los dientes, te vuelves un monstruo de oficina y todo se derrumba dentro de ti, muy dentro de ti. Si bien exagero, lo cierto es que hasta la planta que te acompañó a cruzar el ecuador entre la edad que te unía a la chaviza y la que te une a la momiza, se seca. Y todo se derrumba, todo se derrumba. No voy a realizar un relato pormenorizado de todos los males que me acechan cada vez con mayor vehemencia, pero sí les voy a contar que extraño a mi estómago. No digo que quiero mi estómago de adolescente de 28, porque ¡extraño a la bestia que me seguía hasta los 35! 

El sábado, por festejar al Barça en excelente compañía, me zampé unas deliciosas salchichas alemanas con, ¡por supuesto!, su cerveza lager alemana. No me bastó la comilona, acompañada de papás fritas y verduras a la mantequilla –hacer un alto aquí para cuantificar la cantidad de alimentos bañados en grasa y fritos, o no–, no, no me bastó: nada más llegar a casa me metí sin mucha dificultad la mitad de un bote de Chunky Monkey del Ben and Jerry's –si lo conocen, sabrán entender tan garrafal error–, que no es sino una delicia de helado de plátano con trozos de chocolate oscuro y pedacillos de preciosas nueces. ¿El resultado? De eso no querría hablar, pero llevo con malestar continuo desde el domingo. Ese día justo lo ignoré y me dediqué a comer incluso huevos podridos, pero esa es otra historia a tratar junto con mi Diógenes un día. Del dolor, hasta he comido en compañía de mi pesadilla en la oficina, pero bueno, ya se ve que a mí es a punta de rajadas en la panza que se me ablanda el corazón. O algo.


MOÑO: Así llaman a los chongos en España, el moño. Total, que acabo de cometer una gran mamada, no de las buenas, pero es que tenía ganas de que a alguien le doliera más la panza que a mí. Pero como que tengo la razón, juar.

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