lunes, junio 29, 2015

antes/después/luego

Triste, pero cierto: una vez que aprendes a reconocer el estrés, la vida te cambia. Te empieza a ir bien respirar cuando casi dejas de hacerlo; entonces es el principio del fin, porque si estás bajo tremendo estrés es porque estás en serios problemas. Y es que yo entendería que una vez identificada, habría que cortar de tajo con la fuente. La vida ya te cambió, te conoces mejor y decides domar al monstruo de oficina en que te has convertido, pero hay algo jodido debajo de todo eso. La puta fuente del estrés generalmente es la mano que te da de comer, claro, te da, pero te quita y luego tú encuentras la manera de que no te quite tan bestialmente: compensas, pero unos metros más abajo de tu problema, está el problema de toda una sociedad y de todo un mundo. Y nadie lo frena y todos seguimos como loquitos girando al rededor de esa cosa llamada dinero.

Si a esto le sumamos que hay entes "amistosos" que te amenazan con ir a marcar territorio a tu entorno laboral... vaya que jodidos estamos. La fuente del estrés palidece ante esa otra fuente de estrés que, como la humedad, se metió en tu casa y ni cuenta te diste por qué.

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Con los días dejé de limpiar la casa, de pintarme las uñas. Unas cosas no iban tan mal, pero otras estaban dando cuenta de que algo se me había muerto por dentro. Sonará a lo más exagerado de este mundo, pero hay personas que te arrancan algunas de esas tantas ilusiones que guardas por ahí, debajo del colchón, detrás de la puerta, en un cajón profundo, para cuando necesitas darles una calada de aliento contra todo ese bajón que ya experimentas en tu día a día. Se las llevan, insisto, y no te avisan, a menos de que las descubras in fraganti, como a la niña pequeña que se unta tus cremas de noche, de día, sin preguntarte si podía, si debía. Así hay gente, así hay adultos, que siguen como en la infancia y van y lo revuelven todo y se besan con un total desconocido en plena fiesta a la que acuden con acompañante por el puro gusto de honrar no sé qué extraño culto de autosabojate y autodestrucción pura y dura. O algo.

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Respiro. Camino y respiro. Dejo de apretar los dientes casi sin darme cuenta. Hay calma, paz. Suelto, abro la mano, dejo ir. Y camino bajo la lluvia que es más bien brisa. Después hay una comida, luego carretera, un camino, una casa, árboles, ¿bosque? No sé. No parece importarme. Mientras haya y se pueda. Y siento que hay y se puede.


CINE: En un universo paralelo las cosas hubieran sido bien diferentes, pero, como no dice Maria Daniela, el hubiera no existe, ya lo he citado antes. Pero qué ganas de ir a ese cine de las sábanas blancas, diría Manolo García. Y ahí, nos vamos.

jueves, junio 25, 2015

Constipado emocional

Estamos con el verano encima, en pleno, cuando yo todavía siento que ayer fue febrero o marzo. A estas alturas y ya con tanto vivido de este 2015. Y con la estación, los días todavía más largos. 

Menos mal que mercurio retrógrado terminó; como que le no vino bien el cambio de temporada, que aunque podría imponer algo de calor, está más bien fría. Y se sentía algo estancada.

Hace no muchos días me encontré varada en una playa desierta. Estaba ahí, tumbada, exhausta de nadar en mar abierto en plena tormenta con rayos y centellas incluidos. La fatiga me tiró unos días: me obligo a andar demasiado despacio, por miedo a sentir dolor en el cuerpo a consecuencia del estrés de haber intentado nadar ese océano encabritado, que se jacta de indomable y de feroz, de intenso y enorme, para mal, claro.

Hay quien creería que el mar ese es más bien como una alberquita, una pequeña piscina que por la vida va siendo quien tiene que ser porque así nos pinche tocó a todos. Sé que es así. Pero de algo sirve irse a tirar en el diván una vez a la semana por casi cuatro años consecutivos, así que como caballito de calandria, parece que el océano aquel no se entera, no ve que tiene cola y cabeza, que empieza como termina, y la acción resultante no puede ser calificada como de "bien".

Desde hace mucho me alejo de esos mares, de esas bestias que no admiten nada, que no saben pedir perdón cuando devastan tu selva por el puro gusto de demostrarse que pueden ser alguien y alguien en la vida de alguien aunque ese alguien no quiera. No respetan, no se contienen, agreden, destruyen y acaban como empiezan: solos con su vacío eterno, insaciable, y todo porque no se pudieron enfrentar a sus demonios como a su madre. O algo.


CAMINO: El que me relaja y me llevó a donde tenía que llegar, que es justo en donde me encuentro mejor, y tranquila me quedo por mucho y mucho tiempo. ¿Adivinaron? Pues es adentro. Adentro. Estoy en contacto con eso que hay adentro. Y con el que está ahí, afuera. O al lado, mejor.

miércoles, junio 10, 2015

El año de los achaques

Es definitivo: pasando los 35 la vida cambia. Qué decir a los 38. Se te cae el pelo, los dientes, te vuelves un monstruo de oficina y todo se derrumba dentro de ti, muy dentro de ti. Si bien exagero, lo cierto es que hasta la planta que te acompañó a cruzar el ecuador entre la edad que te unía a la chaviza y la que te une a la momiza, se seca. Y todo se derrumba, todo se derrumba. No voy a realizar un relato pormenorizado de todos los males que me acechan cada vez con mayor vehemencia, pero sí les voy a contar que extraño a mi estómago. No digo que quiero mi estómago de adolescente de 28, porque ¡extraño a la bestia que me seguía hasta los 35! 

El sábado, por festejar al Barça en excelente compañía, me zampé unas deliciosas salchichas alemanas con, ¡por supuesto!, su cerveza lager alemana. No me bastó la comilona, acompañada de papás fritas y verduras a la mantequilla –hacer un alto aquí para cuantificar la cantidad de alimentos bañados en grasa y fritos, o no–, no, no me bastó: nada más llegar a casa me metí sin mucha dificultad la mitad de un bote de Chunky Monkey del Ben and Jerry's –si lo conocen, sabrán entender tan garrafal error–, que no es sino una delicia de helado de plátano con trozos de chocolate oscuro y pedacillos de preciosas nueces. ¿El resultado? De eso no querría hablar, pero llevo con malestar continuo desde el domingo. Ese día justo lo ignoré y me dediqué a comer incluso huevos podridos, pero esa es otra historia a tratar junto con mi Diógenes un día. Del dolor, hasta he comido en compañía de mi pesadilla en la oficina, pero bueno, ya se ve que a mí es a punta de rajadas en la panza que se me ablanda el corazón. O algo.


MOÑO: Así llaman a los chongos en España, el moño. Total, que acabo de cometer una gran mamada, no de las buenas, pero es que tenía ganas de que a alguien le doliera más la panza que a mí. Pero como que tengo la razón, juar.

lunes, junio 08, 2015

La gran interrogante


La bondad de las personas se manifiesta de varias maneras. Yo siempre desconfío de todas. Supongo que hay amor detrás de esos modos, esas formas. Puede que haya amor.

CHARCA: Como continente. Como un gordo ratón. Como un abrevadero. Jugamos con las palabras. Al menos a eso juego yo.

martes, junio 02, 2015

Días de lluvia



Con la temporada de lluvia en pleno, con la mitad de año encima, la bella anatomía de la urbe me regala una de mis cosas favoritas: los charcos. Así que llámenme la loca que fotografía charcos en el camino, si eso. 

Siempre me asomaré a ellos aun a pesar de mi paso veloz. Otearé sus aguas, buscaré el reflejo. Y quizá me siga de largo, pero es sólo cuando la luz no los atraviesa y no imprime mayor trazo, lo cual los hace aburridos para mí.

CHRCS: Con ellos me acuerdo de Allan Parker y un libro que le publicó hace mil años la casa editorial donde trabajo ahora. Que la vida me sorprenda es lo de menos, que lo esté pasando pipa, a pesar de los virajes, es lo más.