martes, marzo 10, 2015

Críptico



Entré a la sucursal. Me senté en una de las tres sillas que, en medio del local, hacían de sala de espera para los clientes. Fue en la de en medio, entre una señora gorda de mediana edad y una señora gorda que bordeaba los 60. Frente a mí el ejecutivo de cuenta y el director de ese pedazo del Banco Santander en el Distrito Federal. Odié un poco a este último: daba clics, tecleaba, respondía a su celular. Todo eso mientras el cliente en turno navegaba en su propio aparato de telefonía móvil. Tuve a bien preguntar a las dos gordas con quién iban. Gracias a dios no era con mi hombre: el idiota director de la sucursal. Y digo idiota porque en una experiencia anterior, el tipo me mandó a usar la línea de ayuda Santander antes que atenderme. "Tengo que hacer un trabajo que me pidieron para hoy, así que no la puedo ayudar", me había dicho en nuestro anterior encuentro. Rogaba para mis adentros porque esta nueva reunión fuera mucho más amable que la última. "Y yo sin ganas de estar aquí", pensaba. "Pero prefiero estar aquí que en la oficina", añadí a la retahíla de pensamientos que pasaban por mi cabeza a mil por hora. Hecho el balance, dejé de fruncir el ceño. Relajaba el gesto al tiempo que reparaba más en el trajinar de la gente en el exterior, que en el hombrecillo imberbe que estaba por atenderme.

Y ya eso lo dice todo. Todo.

RELLANO: De mi corazón. Voy a extrañar mucho este portal el día que me vaya. Que la verdad es que le tengo mucho aprecio. Hoy, a pesar de todo, me tracé con un arte la línea del delineador. Lo sellé a la perfección con el polvo de arroz. Estoy tan contenta por eso. Juar.


No hay comentarios.: