miércoles, octubre 29, 2014

La luna, gratis

Alcancé a escuchar que lo llaman "El Maestro". Un hombre ya retirado, canoso, barbado, que viste de guayabera y práctica el monociclo. Es mi vecino. Uno de los vecinos de las casas de enfrente a mi edificio. Cada mes, si el cielo lo permite, sé que lo encontraré en la esquina armado con su telescopio, buscando a la luna. Él la mira, la desviste de su lejanía, la trae para todos, porque el señor la comparte e invita a los transeúntes a ver al astro desde acá. "¿Quiere ver la luna? ¡Es gratis!", suele decir su invitación. Me encanta ese señor. Me encanta ver a ese satélite que, como viene, se va.

En su vaivén, la luna me recuerda lo cambiante de la vida. Nada permanece, si hablamos en este tenor, nada se queda quieto o, al menos, eso es lo que esperaría. Si no pudiéramos cambiar, si tuviéramos que permanecer, ¿no seríamos, como especie, los más desdichados del planeta? Yo sí. Así que quiero cambiar, mutar, evolucionar y hasta multiplicarme. 

Hablando de multiplicaciones, tengo otra vecina algo peculiar. Ella sí vive en mi edificio. Y tiene un hijo pequeño, Luciano. No me fío mucho de ella porque no me da buena espina, pero tampoco es que ni mi casero ni la conserje me han dado buenas referencias de ella. "No le hagas caso y manténte alejada de ella", me aseguraron. Y seguí el consejo básicamente porque a él iba pegado mi intuición. Así que pongo distancia. En el fondo de mi corazón sé que si por ella fuera, ya se hubiera metido hasta mi baño. Tal cual un día, chiquillo por delante, me tocó para pedirme que la dejara usar mi baño: a ella le estaban reparando el boiler y no tenía gas, por lo cual llevaba dos días sin tocar gota de agua; además, insistió, yo era de las pocas mujeres del edificio, ni modo que fuera a pedirle a los varones el favor. Con muy poca pena le dije que estaba ocupada cambiando la llave de paso de la taza del baño, de manera que no le iba poder ayudar. Como no soy tan mala persona, le ofrecí una resistencia que tengo por ahí para que pudiera ducharse y asear a su chamaco. La muy perra me dijo que no, gracias. "La muy perra no se baña a jicarazos", pensé, "tons, que con su pan se lo coma". Me dio poquito remordimiento de conciencia, por el niño, pero pos jamas de los jamases la iba dejar entrar siquiera en mi casa.


ATRÁS: A veces toca recular y volver casi, casi al lugar en donde se solía estar. Lo bueno, es que por más que uno regrese, ya no es el mismo. Yo ya no soy la misma. Soy alguien más feliz y pleno. Soy casi, casi lo que siempre quise ser. He de volver.

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