jueves, octubre 30, 2014

Sabático

Los sobresaltos de los últimos tiempos no me dieron tiempo de destacar el hecho de que recién cumplí un año libre de relaciones tóxicas. Algo así como un sabático para el corazón. Por eso hoy me pasé por aquí para felicitarme y desearme muchos más años así. Muchos, si no es que todos los que me queden.



Supongo que dos torturadores natos son suficientes en la vida. Dos torturadores, varios narcisos y muchas buenas personas, sí. Empero, las cuentas no me salen. Y aunque en el fondo de mi corazón me pasaría muchos más años así, ya puedo, si quiero y me da la gana, abrirme esa puerta. Habrá quien crea que no soy cauta del todo, como mi linda terapeuta, por ejemplo, pero ya puedo quedarme quieta mirando un rato, como para saber si esa puerta que estoy por abrir vale la pena. Si bien paciencia no es mi nombre, he aprendido a observar, a dar por cierta la corazonada. Parecerá mentira, pero no está tan difícil eso de echar ojo, otear la situación, examinar a la persona y saber si es real o es otra más de esas hermosas mentiras que amo contarme.

Y, entonces, el sabático terminó.

FELIÇ: En catalán o en cualquier idioma, hoy no soy la cobarde que no quiere quedarse a solas. La última vez lo dije clarito, "no quiero estar así, sola", y entré nomás por pasar el rato, por cotorrear. La de palos que me dieron, porque lo pedí a gritos. Todo para aprender que hay gente muy malita de su Edipo o de su cabeza en sí. Pero, sobre todo, para llegar a donde tenía que llegar.

miércoles, octubre 29, 2014

La luna, gratis

Alcancé a escuchar que lo llaman "El Maestro". Un hombre ya retirado, canoso, barbado, que viste de guayabera y práctica el monociclo. Es mi vecino. Uno de los vecinos de las casas de enfrente a mi edificio. Cada mes, si el cielo lo permite, sé que lo encontraré en la esquina armado con su telescopio, buscando a la luna. Él la mira, la desviste de su lejanía, la trae para todos, porque el señor la comparte e invita a los transeúntes a ver al astro desde acá. "¿Quiere ver la luna? ¡Es gratis!", suele decir su invitación. Me encanta ese señor. Me encanta ver a ese satélite que, como viene, se va.

En su vaivén, la luna me recuerda lo cambiante de la vida. Nada permanece, si hablamos en este tenor, nada se queda quieto o, al menos, eso es lo que esperaría. Si no pudiéramos cambiar, si tuviéramos que permanecer, ¿no seríamos, como especie, los más desdichados del planeta? Yo sí. Así que quiero cambiar, mutar, evolucionar y hasta multiplicarme. 

Hablando de multiplicaciones, tengo otra vecina algo peculiar. Ella sí vive en mi edificio. Y tiene un hijo pequeño, Luciano. No me fío mucho de ella porque no me da buena espina, pero tampoco es que ni mi casero ni la conserje me han dado buenas referencias de ella. "No le hagas caso y manténte alejada de ella", me aseguraron. Y seguí el consejo básicamente porque a él iba pegado mi intuición. Así que pongo distancia. En el fondo de mi corazón sé que si por ella fuera, ya se hubiera metido hasta mi baño. Tal cual un día, chiquillo por delante, me tocó para pedirme que la dejara usar mi baño: a ella le estaban reparando el boiler y no tenía gas, por lo cual llevaba dos días sin tocar gota de agua; además, insistió, yo era de las pocas mujeres del edificio, ni modo que fuera a pedirle a los varones el favor. Con muy poca pena le dije que estaba ocupada cambiando la llave de paso de la taza del baño, de manera que no le iba poder ayudar. Como no soy tan mala persona, le ofrecí una resistencia que tengo por ahí para que pudiera ducharse y asear a su chamaco. La muy perra me dijo que no, gracias. "La muy perra no se baña a jicarazos", pensé, "tons, que con su pan se lo coma". Me dio poquito remordimiento de conciencia, por el niño, pero pos jamas de los jamases la iba dejar entrar siquiera en mi casa.


ATRÁS: A veces toca recular y volver casi, casi al lugar en donde se solía estar. Lo bueno, es que por más que uno regrese, ya no es el mismo. Yo ya no soy la misma. Soy alguien más feliz y pleno. Soy casi, casi lo que siempre quise ser. He de volver.

lunes, octubre 06, 2014

Justo lo contrario

Amo tener tiempo para pintarme las uñas. Y, claro, tiempo para dejarlas secar. Cuando lo hago tarde, con prisa, con la premura del tiempo encima, del sueño, y amanecen todas marcadas por las cobijas, me acuerdo mucho de mi madre. ¿Cómo debió haber hecho para ir con las uñas bien pintadas con tres hijos pequeños a cuestas? Era mucho más joven que yo ahora y ya tenía tres hijos. Cómo lo hacía es algo que nunca voy a saber, porque nunca voy a tener tres hijos. Hay días que, con toda sinceridad, podría asegurar que no quiero tener ni un sólo vástago. Hay otros en los que, luego de haberme percatado de un retraso de apenas dos días, sonrío para mis adentros pensando en la emoción de ese gran viaje que es la maternidad. Fantaseo e imagino, que nada mal se me da. Entonces sé el nombre y apellido de mi descendencia, la manera en que la voy a educar, cómo voy a sufrir por mantenerla y darle todo lo que le tenga que dar, desde el pecho hasta la universidad. Y sonrío más para mis adentros, aunque la fantasía incluya noches en vela, preocupaciones y achaques. Porque eso es la vida, ¿no? Tirar pa'lante y hacerse al camino en cualquier gran aventura que toque empezar. Luego viene el sonido ese que hacen los discos rayados y que interrumpen la melodía angelical: me viene el periodo y aterrizo cayendo en la cuenta de lo imprudente que sería tener un hijo ahora, tal y como estoy. Tal y como estamos. Tal y como estaremos a este paso. Y viene el silencio.

Termino por convencerme de que lo mejor es justo lo contrario.

LEJOS: Si bien la foto no es mía, me gustó tanto, que decidí traerla hasta aquí, aunque venga de un lugar que está muy, muy lejos. Por ahora.