miércoles, julio 23, 2014

Vida de oficina

La vida de oficina puede matar a cualquiera. Digo, a cualquiera como yo, un alma rebelde y voluntariosa, como algunos han tenido a bien señalar. Y es que la vida de un Godínez cualquiera se rige por los horarios y las entregas, pero también por la procrastinación y la ingesta de calorías que, combinadas con la hora nalga –en el caso de que así sea–, ofrecen un redondo resultado, nada deseado y muy real al mismo tiempo.

Siempre he pensado que ser oficinista es lo más triste que le puede suceder a una persona. Habla mi alma de artista o princesa sin castillo, sí; pero también habla la lógica pura y dura: ¿a quién coño le va a gustar permanecer en un mismo espacio durante poco más de 8 horas, tiempo en el que permanecerás sentado el 95% del tiempo frente a un computador? A mí, está claro, no. Sin embargo, lo sobrellevo como el perro sobrelleva perseguir una salchicha: por la puta necesidad de comer y hacerme cargo de mí misma.

Eso sí: hay de empresas a empresas y, por lo menos la que me acoge ahora, me ofreció una serie de condiciones que me permiten sobrevivir a esas horas de encierro y labor. Una de ellas es que los viernes mi piro a las 14:00 horas y no hay dios que me haga quejar de tan bello acontecimiento. La otra es que, como justicia divina, este laburo me quitó el látigo de la Internet –esa hermosura que requiere de tu disponibilidad casi, casi que 24/7– y me permitirá descansar de ella como para quererla un poquito otra vez.

¡Ah! ¡La vida de oficina! Vaya cosa. 


TENCHA: La realidad, aunque maldiga la vida Godínez, es que aunque me está costando un huevo y medio permanecer tantas horas en el mismo lugar, de lunes a jueves, me ha caído como agua de mayo este cambio laboral y sus novísimos retos. Lo necesitaba desde hacía mucho tiempo. Renovarse o morir.

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