miércoles, febrero 12, 2014

Caso perdido

La señora se quejaba porque la chamaquita que le cedió el lugar la estaba casi, casi pisando. O algo. El vagón, atascado de gente, le comenzó a poner atención a su perorata. Que quítate niña, que te estoy grabando con mi celular, que voy de aquí directo al ministerio público, que estás lastimando a una minusválida. La adolescente le había cedido el lugar que se les cede a los mayores, embarazadas o anexas, pero no tenía dónde ponerse porque el puto vagón iba como lata de sardinas un día cualquiera a eso de las 22:00 horas. Me dieron ganas de voltear y decirle a la pinche vieja que se callara, porque tenía suerte de ir sentada y no como una, rodeada de más féminas salvajes que se retacaron en el vagón porque ya llevaban más de media hora esperándolo. Que guardara de una vez silencio y fuera prudente porque la niña no tenía dónde más ponerse. Que dejara de mamar la reata un poquito. Pero decidí callar. A cómo estaba, seguro me iba a pegar una gritiza. Además, eso de ponerse a nivel verdulera, no está padre. Ya una carga con sus propios pesares. Que es caso perdido, pues.

Y salí de ahí. Y caminé a casa. 


LAVIDASIGUE: Para todos. Nos guste o no. Hasta para los bichos más malos que te hacen caer enferma y guardar reposo casi absoluto. Hasta para esta roja de bote. Hasta para ti, queridísimo y guapo fantasma. 

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