martes, enero 28, 2014

Semejante a culebrón microbiano, pero no igual

Ya no sé si fue en las pieles de Jack, en los jardines del Altillo, en el metro, en las afueras del Centro Urbano Presidente Alemán o en el mismísimo Primo Bacio, pero pillé un bicharraco de mierda que causó estragos en mi pantorrilla derecha. El pulgón maligno dejó un rosario de ronchas que no me dieron comezón a la primera de cambios, es decir, el jueves por la noche. Fue más bien hasta la noche del viernes que me percaté que la cosa iba a más: ya tenía una pantorrilla en en roncherío, pues.

Para el sábado en la mañana, dejé de tener tobillo. En lugar de torneadas piernas de tobillos delgados, como base, tenía algo así como una pata de elefante. Y quise llorar. No del dolor, sino de la abominación que miraban mis ojitos tiernos y achinados.

Hoy agradezco a dios, a la vida, que la hinchazón casi se haya ido y sólo me quedara una gangrena imaginaria dibujada en mi piel. De rascar, nada, porque a la que se me marque una de esas putas ronchas, ahora sí lloro y los maldigo a todos. A TO-DOS.

Y eso, señores, fue lo más trascendental de mi fin de semana. Ya no sé si reír, por tanta paz que alberga mi corazón, o llorar, por tan poca chicha que me estoy quedando pa' llorar. O algo. Y más bien: juar.


GANGRENA: Al editar la imagen recordé esas imágenes de bacterias y hongos que poblaban los libros de inmunología que aún viven en los libreros de la Casa Islas. No me impactaron como para ir a estudiar ciencias naturales. Creo que me asustaron y me hicieron optar por las sociales. Como sea, no tenía ni tengo las tripas pa' semejante culebrón microbiano. 

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