miércoles, octubre 09, 2013

Punto de quiebra



Soy de esas personas que pueden llegar a colapsar después de aguantar mucha presión, demasiado estrés. Me da por quebrarme emocionalmente y manifestar físicamente ese malestar. Somatizo, como uno más de los signos de mi imperfección.

El otro día casi me desmayo en la clínica veterinaria, mientras explicaban que Jack es un perro adulto y que se debe poner atención a sus articulaciones por aquello de que el líquido sinovial se va acabando. En mi cabeza las imágenes de huesos chocando uno contra otro me evocaron a mi abuela y sus dañadas articulaciones. Me remitieron a células, a sangre, a tejido vivo, y yo no soy buena para sobrellevar ese tipo de información. Así que sentí como si el mundo se me fuera a caer encina, mi corazón palpitó rápido, rápido, un peso enorme me hacía desear sentarme en el piso, pero al mismo tiempo unas ganas locas de llorar me invadieron.

Alcancé a dar voces de mi estado. Sentí que me puse palidísima. Me socorrieron. En teoría se me bajó la presión. Cosas que no pasan todos los días.

En realidad estaba en la cima del mucho estrés. Toca sentarse a analizar por qué llegué ahí. Porque estuve a punto de romperme. Y necesito saber qué me está pasando que estoy yendo a ese lugar. Por quién, por qué. No es normal, no me pasaba en unos 13 años. No me sucedió durante mi estancia en Barcelona ni en la peor de mis depresiones. Toca. Me toca.

JACKJACK: Dicen que soy su mamá. A mí no me importa la denominación, pero siento algo por él que no había sentido antes. Quizá sólo es que la novedad de los sentimientos me rebasa, me supera. La miedosa de los cojones por antonomasia. 

No hay comentarios.: