jueves, octubre 31, 2013

La república independiente de Mariana


Las clases de los martes y jueves en yoga las da un maestro que no va por ahí tocando a los alumnos o alumnas. Se limita a dar instrucciones. Muy precisas. Me pone a sudar la gota gorda y hoy, especialmente, me hizo llorar. 

Mientras explicaba que la postura que hacíamos era para exprimir el ego, el que nos eleva por encima de los demás o que nos hace sentir pulgas a veces, mientras nos exigía ir más lejos con la torsión y continuaba diciendo que sacáramos toda esa energía que se nos agolpaba en el centro, sentí el llanto brotar.

Supongo que tuvo qué ver con el fin de octubre y que se están cerrando muchos ciclos que sentí ganas de chillar, porque si bien con ello nace la oportunidad de abrir nuevos caminos, de intentarlo una vez más, otra vez, hacerlo distinto, diferente, aprender, cambiar, un final es un final siempre. 

Lo bueno es poder empezar de nuevo. Y yo, yo lo voy a intentar con todas mis ganas. 

Amo esa clase. Amo erigir sonrisas mientras voy corriendo, tarde como siempre; durante la clase, cuando el maestro nos pide ir más lejos, más alto, más fuerte, y al terminar, aunque tenga que tomar un trolebus y un metro para volver a casa. Me vale todo la pena. 

AFTERLIFE: Eso que hay después, eso es lo que vamos a buscar ahora. El nuevo principio. La reinvención. Ven conmigo. Ven.

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