martes, mayo 07, 2013

Remedo de mujer independiente del siglo XXI



Ser o no ser mujer independiente, esa es la cuestión. Si por serlo, somos dueñas del mundo, por no serlo pasamos de largo por cuestiones como la maternidad. Y sí me pesa, sí. Soy ese remedo de mujer independiente del siglo XXI que se lamenta oír ese enorme y aplastante TIC-TAC porque siempre imaginó que no importara que hiciera —cogerse a la mitad del universo, living la vida loca, trotar por el mundo— lo iba a lograr por su linda cara. Pero va a ser que no. Ha sido que no.

Quiero ser una chica del montón sin ser una chica del montón y ahí voy por la vida enamorándome de los seres más complicados y contradictorios del planeta, de los narcisos por antonomasia, esos seres alados y vagabundos que no pueden ver más allá de sus narices casi siempre, porque están enamorados de sí mismos; pero el resto de habitantes del lugar me aburren y los lastimo. Parecería que sólo soy feliz si me lastiman a mí y me quieren, pero se alejan con el típico "no puedo estar contigo ahora": Entonces se me disparan todos los patrones que me han perseguido toda la vida y me convierto en un amasijo de Mariana, burdo y amorfo, patético e indeseable, y repto por los bordes de la rota relación lamiéndome las heridas y ofreciéndome al más bajo precio.

Encontré de nuevo alguien que logra eso en mí y debo aceptar que la terapia ha funcionado: Soy capaz de ver la escena, contemplarla, admirarla en el esplendor de su ridiculez, pero todavía no sé cómo no llegar hasta ahí. Sé que estoy buscando al padre cariñoso y atento que no del todo tuve, a la madre, a alguien que algo hizo o no hizo durante mi infancia. Y no, no van a ser mi papá o  mi mamá, nadie que tenga el lugar de mi pareja lo va a ser.

Y sin embargo, no estoy hecha para la camioneta o los perros o la casa como reino: Mi reino soy yo y el mundo. 

Vi demasiadas comedias románticas antes de esta nueva vida en la que ya no creo en los cuentos de hadas. Eso me hizo mucho daño. También me he hecho mucho daño intentando borrar ese dolor que brota de mis adentros, que ya no me mata ni me carcome, pero que por mucho tiempo no supe como parar. 

En resumen: Encontré a alguien de quien me volví a enamorar y no es y no se queda. Y estoy entera, de pie: Es sólo que me duele tanto. No me había enamorado así en años. Unos 8 o así. Sentí algo tan grande e inexplicable cuando lo conocí, que durante meses por más tropiezos y enfrenones —míos o suyos— seguí mi corazonada. Quizá sólo se trató de todas mis proyecciones sobre alguien, todas mis expectativas vertidas en alguien. Así que sí, resulta que soy ese remedo de mujer independiente del siglo XXI que esperaba al príncipe azul aún a sus 35 años. Y estoy de pie, pero enganchadísima de ese detonador de patrones y no sé cómo salir de ahí. Mierda.

FLICK: La mano y el tatuaje. El cautivador poseedor de ese tatuaje es capaz de encantar serpientes. Eso me remite a mi enorme debilidad por estos seres que ponen ojos de gatote de Schreck. Y yo las doy. Vaya tela. 

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