miércoles, marzo 20, 2013

Cagarla o morir




Vivo en una ciudad donde los aviones pasan tan cerca del concreto que es posible memorizar sus trayectos. Sorprende cuando te los topas yendo en contra de la ruta habitual: No buscan aterrizar aquí —aleluya—, sino que buscan salir o llegar a otro sitio que no es DF, lo cual, tengo que aceptar, sí me impacta. Alguna vez desde el terrado del edificio donde viví en el barrio de Gràcia, Barcelona, conté el tiempo a los aviones por aterrizar en El Prat; pasaban cada 15 minutos en promedio. Acá los intervalos no son de más de 10 minutos cuando mucho. Y vienen las preguntas obligadas: ¿A dónde va toda esa gente que aterriza en DF? ¿Qué vienen a hacer aquí? ¡Puaf! No logro comprender —perdón, perdón— qué vienen a hacer a esta puñetera ciudad de locos. Así que cuando me los topo de salida y no de entrada me sorprenden tanto como cuando alguien es amable en la calle, en el súper o en tu propia casa luego de ensuciar el piso de tu baño tras cambiar unos empaques en la ducha, porque es dura esta ciudad, es malacara, malparida y marica al mismo tiempo. Es algo así como que tiene las ventajas de una capital con los contras del tercer mundo.  Así de simple y siempre quise vivir aquí, siempre y creo que está bien cumplir el sueño, comprobar que no hay nada más que envidiar o esperar antes de partir y seguir de frente a otro lado. 

Todo esto pasa por mi cabeza, por mi corazón, por mí al tiempo que siento que es tiempo de romper la coraza y hacer algo de una puñetera vez. Ir y cagarla si eso. Ir y hacer. Ir y accionar el botón de inicio. O algo.

INSTANTÁNEAS: De los vuelos, de la azotea de esta covacha que es mi casa. Pequeñita y cálida, pequeñita y suficiente. Bueno, no, porque me urgen vistas y cielo. Una planta baja da para no fatigarse con escaleras, pero lo mío, lo mío, son las vistas monumentales o de menos las que permitan creer que hay otros cielos, otros mundos, otras vidas y así.


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