domingo, diciembre 09, 2012

Casi que viva


No tengo que hacer nada que no quiera, pero no estaría mal ensuciarme un poco de la ciudad que habito. Dejar la puta burbuja y vivir.

Llegué hasta esta conclusión luego de poder ver el encierro al que me he confinado voluntariamente, uno con muro de doble piel que hace las veces de escudo y lleva ahí mucho tiempo. Barcelona tiene todo qué ver, aunque la obra lleve mi firma al calce. No me niego.

Ensuciarme, salir, patear las calles, encontrar mi sitio. Y no lo hago, no lo he hecho en poco más de un año. Estoy quieta, tan quieta desde hace tanto, con miedo y dolor. He llegado a sentir que estoy como muerta en vida: casi que no siento, casi que nada me sorprende y casi que no me muevo. Algunas veces llegué a sentir que me iba quedando sin aliento hasta dejar casi de respirar. El casi me salva y ya es tiempo de que sea yo quien me salve por completo. O casi.

No sé cuánto tiempo más viva el duelo por cambiar de ciudad, por dejar toda mi vida catalana: se llega a querer mucho a los refugios también, como a los captores se les puede querer a veces.

Poco a poco voy haciendo: ya amo con locura y pasión comer nopales y cecina de Yecapixtla. Supongo que cuenta como avance, ¿no? Y, en particular, me gusta mucho un hombre del DF. Cero y van tres.

FLICK: A las afueras del Metro División del Norte y de mi caminata entre la estación Parque de los Venados, de la flamante Línea Dorada, y mi casa. Ésta naciente línea me transportó a un sitio en particular y me recordó a Barcelona. Pensé en irme a deambular por sus estaciones de sentirme nostálgica. ¡Los vagones son igualitos a los de allá! Jum.

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