lunes, noviembre 29, 2010

Razones más, razones menos


Podía explicarle casi a cualquier persona por qué vine a Barcelona, pero no fue sino hasta hace unos pocos días que entendí el verdadero por qué o, al menos ahora, quiero entender que lo hice para encontrar a Alejandro sí o sí en esta vida. Al igual que él, me parece que llevo gran parte de mi edad adulta (y de mi adolescencia tardía también) cuestionando la permanencia de las parejas o la probable existencia del amor verdadero y eterno. Mis recurrentes fracasos sentimentales menguaban mi poquita fe a cada paso que daba, de manera en que me dediqué a coleccionar amantes y encuentros fortuitos: quizá de tanto sapo que besaba, pensaba yo, encontraría al príncipe azul. Conforme pasó el tiempo y éste ni sus luces, no me quedó sino colocar esa bella imagen en el centro de un tiro al blanco y tirarle dardos que iba arrancando de mi corazón. No me bastaba con hacer sangrar la herida, tuve que reirme mucho para no sentirme tan pendeja por creer ilusamente en algo como el amor de pareja, pues. Dato curioso: cuando digo amantes, me refiero a un bucle horrible de espeluznantes encuentros cercanos del tercer tipo que devinieron, en los últimos tiempos, en lo que se denominó como el Issue del 2009, así que no se confunda la abundancia con la calidad por favor. Segundo dato curioso: con el tiempo, las treintonas como yo se aburren de los encuentros cercanos del tercer tipo por carecer éstos de calidad, vamos, que no es lo mismo gimnasia que magnesia y creo con fervor que, al menos que tengas menos de 25 años, coger por coger está altamente sobrevalorado. Así que en lo que denominaríamos el encontronazo con el Sujeto T hará casi cosa de un año, luego de 3 de no verle la cara ni el pito, decidí retirarme de las filas del folling gratuito, porque luego de colocarlo en un lindo pedestal, con la cogida más mala y pinche de la historia, el Sujeto T me quitó las ganas de coger y, quienes me conocen, saben que eso no es nada fácil. Me moría de ganas de hacerlo, que quede claro, tampoco es que me gustara la idea del celibato, pero conforme fue pasando el tiempo y la cosa no mejoraba, me integré con toda la comodidad del universo en las filas de la abstinencia pura y dura. Los meses avanzaban y cuando casi se convirtieron en 10, cuando yo ya estaba más allá del bien y del mal, cuando alcancé el hermoso zen de la pureza y creí que mi himen volvería a cobrar forma en mi vagina, las cosas cambiaron. Justo cuando pensé “qué más da esperar tantito más con tal de que se trate de algo más que sólo sexo”. Y es realmente hermoso, porque me he vuelto a enamorar. Casi podría decir que como adolescente, aunque los odie, pero en realidad no es como una puberta que he caído en las redes del amor. Me estoy enamorando con conocimiento de causa y de alguien que parece desear las mismas cosas que yo, vamos, que al menos se leyó poquito mi blog y cualquiera que haya leído los últimos meses se percataría del grito cuasi desesperado que estaba lanzando al espacio y más allá. Al menos llegó hasta Londres y a oídos de un hombre guapísimo, que me encanta, que me tiene maravillada y expectante porque tengo la sospecha de que con él, lo mejor siempre estará a punto de suceder en todos los sentidos y vamos a recorrer todos los caminos juntos.

Así que, de manera muy similar a lo que él alguna vez dejó escrito en su blog atrás tiempo, yo tampoco veía el día en que dejaría de desear estar con alguien más estando ya con alguien. Me parecía sencillamente imposible negarme a la novedad, me sentia culpable, me sentía la más puta y ahora resulta que se trataba de lo siguiente: cuando se sienten irrefrenables ganas por estar con alguien distinto al respectivo en turno, es porque no es el indicado y ahí sí que no hay más que aplicar el conocido "neeeeext". Duele, te llevas a más de uno entre las patas, vas y rebotas con el ex novio perdido de la adolescencia y lo confundes con tu príncipe azul sólo para confiarle las llaves del reino y que te hunda, sin querer, claro está, en la más linda misería emocional. Nadie escarmienta en cabeza ajena, así que hay que pasarlo mal, para luego, algún día cercano o no, ser la más feliz.

A veces, muy pocas, me da miedo. Temo caerme y verme rota en múltiples partículas, ínfimas, imposibles, arriesgadas. Supongo que es natural, pero no es la constante: lo que se siente es una persistente sensación placentera de seguridad y confianza. Creo en este amor. He dicho, porque ya he dicho demasiado y me aburro.

TICTAC: Para refrescar el aliento y celebrar que casi 10 años de piercing, fueron ya demasiado freno.

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