miércoles, noviembre 24, 2010

El amor que es droga







Las palmeras se agitaban borrachas de sol y yo sólo podía recordarla sentada sobre mí, de espaldas a mí, agitando su redondo culo blanco. Arriba, abajo. Su hermoso culito flaco, casi transparente. El cabello rodaba hacía abajo, doraba su espalda y unos instantes más tarde yo me convertía en el eyaculador precoz que no tardaba nada en escupirlo todo; exhausto y vacío me quedaba tendido a esperarla volverme a erguir. Así una y otra vez. Hubiera querido que se quedara para siempre. La quería ahí cada día por el resto de mi vida, sentía que sólo verla desaparecer me llevaría a la locura más demencial, al precipicio, aunque Rosebud en sí misma era todo eso, la locura, el precipicio. La amaba. Estaba seguro que ni todas las tormentas la harían escapar, porque yo era su derrotero y ella, era la diosa que me permitía olvidar mis miserias, la mierda y asco que eran mi vida.

Eso y más lograba la pequeña Rosebud, eso y más. Al dejarla, al yo desaparecer, me convertí en un puto pelele por el resto de mis días, uno de los muchos que se conformaron verla seguir su camino al único lugar donde podía ser feliz. Sólo quedaron las palmeras, el mar, la sal y el limón para otro trago de tequila. Recuerdos, que se quedan sólo lo suficiente como para llegar a la siguiente isla, donde nos perderemos en alguna locura otra vez.

FOTOS: Del paso por otro restaurante malo en Barcelona ciudad. El paso del invierno es otra cosa y en las estanterías de la memoria también hace frío y ya nadie se quiere pasear por esa esquina más.

No hay comentarios.: