sábado, octubre 02, 2010

Moraleja que no salmorejo

En el último capítulo de su novela Latifundio Salvaje, el Arnaldo estaba requete enojado con la Juani: la muy cabra no se había dignado a salir con él para una segunda cita, pero es que a la Juani le dió onda cuando el mozo, que para conquistarla dejó un ramo de flores cada día durante el último mes en el portón de su casa, le mostró por fin esa sonrisa abierta de par en par y en lugar de dientotes blancos exhibiera algo así como la dentadura de Mum-Ra, el inmortal. La Juani será muy india, pero tenía bien clarito que aunque no existiera Colgate, siempre se podía echar mano de una tortilla bien requemada, ahí, toda negra, para untarla en los dientes y lograr así mantenerlos blancos, pero claro, una cosa era ese truquillo para el blanqueamiento, la otra cuestión era que al menos había que utilizar un poco de bicarbonato para su limpieza. Pero pos ya se estaba pensando que el caballero no tenía tales conocimientos de causa y pos como que se la iba a pasar a pelar con ella. Lo malo, era que el padre de la damisela estaba harto interesado en que la muchacha aflojara un poquitín, nomás un poquitín, para que el acaudalado se animara en pedirla en matrimonio. Lo que el padre no sabía, era que la Juani sí aflojó, no sólo accedió a que la besara, sino a que Arnaldo pusiera una mano en su pierna mientras la besaba. En el fondo lo que pasaba es que la Juani estaba más interesada en armar una revuelta junto a otras mujeres del latifundio, de manera que las dejaran reunirse sin pedos todas las tardes en el atrio de la iglesia a tejer su macramé, técnica novísima que estaban intentado aprender para organizar una venta de garage y, con las ganancias obtenidas, comprarse de esos vestidos carísimos que las niñas bien de la capital llevaban.

Muchachos, ¿cuál es la moraleja de este bello capítulo de Latifundio Salvaje? Bueno, ya me da pereza explicar tanto, tantísimo, pero pos les queda claro, ¿eda?

No se pierdan la próxima entrega, igual se pone bien.

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