jueves, noviembre 27, 2008

Inicio laboral

Mi vida laboral comenzó cuando tenía 22 años. Desconocía el verdadero desamor, tenía las tetas bien puestas, unas pantorrillas de envidia por las cuales vestía minifalda de la manera más inconsciente, lo cual implica sentarse en el piso en las clases de periodismo que organizaba Néstor Pérez en su casa del barrio de Mexicaltzingo, sin tomar en cuenta la cantidad de miradas posadas en mis chones de estampado cuadrículado, azul con blanco, y encajillo.

Corría 1999 y por aquella época había comenzado ya a cursar las materias optativas a las cuales debía acceder en los últimos cuatro semestres de la carrera, Licenciatura en Letras Hispánicas, en la ilustrísima Universidad de Guadalajara. El menú no seducía, pero pensé que Ciencia Ficción no podría estar nada mal o que, por lo menos, me enriquecería más que cualquier burla sobre periodismo -lejos de la materia que tomé con Néstor, como parte de la formación obligatoria, y con Ricardo Partida, la mayoría de las optativas sobre periodismo eran una auténtica broma. Basta mencionar que cuando no me quedó de otra y tuve que tomar una, la profesora no se enteró durante todo el semestre que yo trabajaba en un periódico, siendo que revisábamos disque minuciósamente las partes de un periódico y blah-, así que emprendí mi camino hacía esta rama de la literatura que conocía parcialmente por mi padre, gran aficionado al cine de ciencia ficción, y así formé parte de los 6 alumnos que tuvo a su cargo Rogelio Zéron. Uno de ellos, Omar, trabajaba impartiendo lecciones de español a mozalbetillos imberbes en una secundaria fresa; sus amigas también daban clases de español o inglés en otras escuelitas en colonias nice y fue por ellos por quienes encontré mi primer trabajo: ser responsable de impartir español para 1ro y 2do de secundaria, así como de inglés para 2do de primaria, si mal no recuerdo.
El día que conocí a la vieja de la directora, flipé; era toda una cascarrabias, de esas que seguramente fueron bien putas y les encantaba la pasión, pero se las daban de santitas y traían al jesús en la boca, o al menos al de Jesús querían traer en la boca, pero bueno, ya me entienden. Y los alumnos, una adoración: en 1ro de secundaria, únicamente dos, una niña gorda apodada La Vaca, y Gabriel, un niñito escuálido que padecía, si, gastritis, apodado Pollito. Creo que aludía a una caricatura que francamente no conozco; 2do de secundaria estaba poblado por pubertas con más facha de putas que de estudiantes y por pubertos calientes, variopinto manojo de hormonas dispuesto a sacarme de mis casillas una y otra vez sin ponerlo en duda.

Odiaba mi trabajo, era un verdadero infierno. No tenía contrato firmado, pero como si hubiera firmado contrato con mi alma decidí terminar aquel año escolar a como diera lugar. Así que iba a dar mis clasecitas por las mañanas, producía el programa de radio que tenía el H. Departamento de Letras en la XEJB y asistía la universidad por las tardes, todo sin descuidar mi atareada agenda social que incluía, todavía, tener uno que otro novio, amantillo o desliz de cuando en cuando.

Había un niño, Mariano, que por la pinche casualidad de los nombres, pos como que se vio obligado a acosar a la maestra del mismo nombre y, tengo que aceptar, que de no haber sido yo una persona coherente, responsable e íntegra, hubiera desflorado los labios de Marianito, que la verdad estaba bien federal de caminos, pero pos qué se le anda arrimando a la maestra que, ya entonces, se abandonó a la soltería harta de noviar y noviar sin satisfacción alguna. Si, alguna vez suspire por Marianito y escabechármelo quise, pero no fui capaz. Mi ánimo transgresor no estaba en su máximo esplendor: tuve a mal embelezarme ante la belleza de un tipo que estudiaba filosofía, ya luego se hizo fotógrafo, pero entonces estudiaba en la facultad aledaña a la mía y tenía un grupo, ni me acuerdo del nombre, pero me deslumbraba al aparecer en escena. Así que lo conocí, me lo topé en La Barra de Moreno, me lo fajé, conocí los tatuajes que rodeaban su torso, los piercings que aprisionaban sus pezones, para luego percatarme que tenía novia, con quien después coincidiría al trabajar en Mural, morirme del coraje y mandarlo a la verga sin dirigirle la palabra hasta que tuve que hacerlo porque me lo encontraba en según qué eventos. El colmo de los colmos o, lo que es igual, vivir en Guadalajara, ranchito amado, entrecruzamiento de babas y fluidos diversos.

Para mi cumpleaños 23, ya en pleno 2000, en uno de los típicos pachangones que organizaba en casa de mis padres, en pleno barrio de Chapalita, me recuerdo contando mis aventuras con los chiquillos a Tomás y Norman, los dos garañones babeando ante el simple hecho de posarse en frente de un grupo de féminas de apariencia virginal y, lo mejor, vírgenes, aunque Tomás siempre fue partidario de otras tendencias, porque bien me lo decía, las virgencitas no saben clavar. Entonces fantasearon con la posibilidad de que Norman trabajara ahí, de profesor de lo que fuera y se divirtiera como enano con las chamacas.

Gracias a esa experiencia decidí jamas nunca volver a pisar un aula escolar más que para tomar asiento y atender a cualquier cátedra que tengan a bien darme, pero a chingar a 20, yo no vuelvo a dar clases, algunas de las que intenté dar se convertían en verdaderos actos de acoso a mí persona sin que yo pudiera tomar parte y meter mano. Pinches chiquillos cabrones, cómo se divertían. Eran realmente insoportables.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Curioso yo tambien fui profra de secu y pues pa ser profe no cualquiera, yo dure unos 2 años luego me pasaron a disposicion por usar piercing y verme como una alumna de secu más, en realidad era por pleitos de la plaza y con el sindicato los pretextos podrian sobrar, me caga por eso la docencia en México solo por los pedos politicos del SNTE, además que tratar de "educar" en esa secu era un desmadre, hijos de los barrios mas jodidos, a lo más que aspiraban era a trabajar en una maquila o resultar preñada por el novio en turno a los 15, por mas que les quisieras enseñar con las broncas que ya traian en casa esa secu solo funcionaba como guarderia de pubertos,caian ahi expulsados de otras secu, figurate!, estaban pa correcional de menores.

Mariana M* dijo...

Eso no me tocó vivir, porque era secu privada, pero tengo amigos que trabajaron en públicas gracias a que sus hermanos o papás o ve tú a saber qué conecte trabajaba en una de funcionario o de profe. Encima de cuidar a los chiquillos, ¿lidiar con grilla? ¡Puta, qué hueva!

La+Ln=ii dijo...

Fíate lo que son las cosas, yo muero por regresar al aula y dejar el periodismo. Si no lo hago es por el mentado título objeto del deseo inalcanzable, pero, ¡ya lo tendré, aunque sea lo úuuultimo que haga!, ser profesora me hacía profundamente feliz. Yo tuve un alumno bien guapo que me coqueteaba y por él hasta conocí a Mouse on Mars, cada semana me lleveba un disco con chingo de mp3, le encataba la buena música al wey, cosa que hacía que se me hiciera más agua la boca, pero bueno, mi ímpetu trangresor tampoco estaba tan intenso en aquellos años.
Salut!

Verónica Nieva dijo...

Uy, Norman dando clases en una primaria... Jajajajajajajaja
¡Qué imagen tan bonita!

Abraxo, ex-maestra Mariana.

(Cuando fui maestra sólo platicaba agusto con mis alumnos (as) gays... chale)

Mariana dijo...

Hola!!

Por casualidad cai en tu blog y me encanto... me gustaria seguir visitandote si no te molesta.

Saludos!!

Mariana M* dijo...

Mariana: No, pos ¡bienvenida!

Lilián: Y bueno, qué decir, intentaré volver a las filas del periodismo, aunque me cague la endogamia, ja, ja.

Verónica: ¡Ya te extrañaba!

Besos a tod@s ^__^