domingo, septiembre 07, 2008

El idiota

Estoy convencida de que la intolerancia es decadente, pero en algunas ocasiones es totalmente permisible. Así como juzgar a la gente, sin conocerla de cierto, es muestra de una total falta de humanidad, irrumpir a las 5 de la mañana en tu casa haciendo toda clase de ruidos sin importarte que tus compañeros de piso estén o no durmiendo, es una falta de humanidad. Sólo los animales, carentes de raciocinio y un criterio propio, serían capaces de pasar por alto la existencia de ciertas reglas de oro, innombrables en algunas ocasiones porque resultan por demás obvias, que cada persona lleva consigo siempre y cuando cuente con la conciencia de que no vive sólo en este mundo, mucho menos en un piso, porque para vivir solo en un piso en una ciudad como Barcelona se tiene que tener mucha pasta y justo eso es lo que no le ocurre a Vito. Vito Andrea Sampreoni, italiano de 25 años, estudiante de la licenciatura en Humanidades en la Universidad Pompeu Fabra es una muestra de ello. Al parecer, a la edad de 18 meses se cayó de la cuna por descuido de su madre (vaya usted a imaginar qué rasgos de esta cuidadosa madre fueron a replicarse en los accidentados genes de su crío). Esto le ocasionó una ligera lesión en el parietal superior izquierdo, justamente el lugar en donde el cerebro alberga las capacidades motoras más importantes, zona que además reune al conjunto de neuronas que desencadenan acciones tan básicas en el ser humano como la capacidad del orden y la limpieza en todos los sentidos. Cualquier persona que carezca de la madurez necesaria en el área mencionada, padecerá de ciertos desordenes considerados como normales por el común de la gente, ya que estudios recientes del Departamento de Neurociencias de la Universidad Complutense de Madrid, publicado por un importante journal de casos de éxito en la ciencia moderna desarrollada en Europa, comprueban que en un 75,9 por ciento de la población de este continente se manifiesta este tipo de lesión, en algunos casos por golpes accidentales sufridos en la niñez, en otros por problemas de opresión craneal al momento de nacer, debido a la utlización de forceps, lo cual deriva en diversos comportamientos. Algunos de estos, señala el reporte del equipo de neurocientíficos encabezado por el Doctor Ramón Alcala y Reynoso, resultan tan simples y cotidianos como dejar tirada la ropa en el piso en lugar de colocarla en el cesto de la ropa sucia; no ser capaces de limpiar la cocina tras haber cocinado pasta acompañada de un buen pescado frito o cualquier zona de trabajo que se haya utilizado, y transgredir el espacio vital de las personas que le rodean sin percatarse de agresión alguna, entre muchas otros. Vito Andrea Sampreoni, oriundo un pueblecito ubicado cerca de Milán, al norte de Italia, era un excelente ejermplar de este tipo de lesión. Era capaz de llegar a las 5 de la mañana al piso que pude habitar con él por algunos meses, acompañado de su novia, una catalana sin pena, gloria o atributo alguno, azotar la puerta tras de sí, encender todas las luces que encontraba a su paso y comentar con su damicela de los momentos fugaces de la velada. Por alguna razón que sólo puedo acuñar a la tacañería del ramo inmobiliario catalán, las paredes de los pisos son una burla, un mal chiste que no contiene los ruidos, ni el más mínimo, que pueden suscitarse en el interior de una habitación. Encima, hay que sumar que el cuarto de Vito no cuenta con puertas de madera, sino con unas risibles cortinas de mal gusto, que hacen las veces de una compuerta pleglable, que además Vito suele no cerrar porque su gata, la tierna Lilaput, suele rasgar en medio de la noche para entrar como Pedro por su casa (tendré que revisar los anales que estudian el comportamiento animal o simplemente atender al dicho ese que reza que todo, pero todo se parece a su dueño), lo cual me permitió escuchar la conversación entera que sostenía con su chica. Rogué a dios y a todos los santos en esa particular ocasión y en las innumerables subsiguientes que estuvieran embriagados o drogados como para caer redonditos en la cama en unos cuantos minutos, los necesarios para que yo no tomara la conciencia necesaria para comenzar a derramar bilis porque alguien había interrumpido un sueño que me había costado mucho concicliar. Llevaba varios meses de insomnio a causa del cambio de horario entre México y España. Pero no, no era posible tal cosa. Vito Andrea Sampreoni, me quedaba claro, a causa de las lesiones que le causó la bestial caída de la cuna a los 18 meses, no tomaba en cuenta el delgado grosor de las paredes del piso que compartimos y lo hacía con una total soltura y desfachatez. Podía dormir tranquilo, como el bebé feliz que nunca fue, después de haber roto los sueños de la gente que lo rodea, además de dejar bien claro que había llegado al piso. Yo no puedo tolerarlo, no me da la gana y además me parece de mal gusto dar muestras de humanismo ante tan bestial comportamiento. Ni el porro que tuve a bien fumar para, insisto, conciliar el sueño con o sin mi consentimiento, valía la pena entonces. Consciente de los daños que drogarse causan al organismo, lié tabaco y haschis como lo había observado un montón de veces y me hice al mundo feliz del humito patrocinado por los inmigrantes paquistaníes que consideran a España como el sueño dorado, pero ni eso valía la pena cuando a las 5:48 am estaba yo con los ojos en blanco mirando al techo esperando que por obra y gracia divina viniera a mi un rayo enceguecedor que me hiciera caer, por lo menos, en un coma profundo. Pero no, no era tan buena mi suerte. Encima de limpiar las vomitadas de Vito en el baño, de recoger las cagaditas de su gata, de remover sus cabellos de la bañera, de trasladar al cubo de la basura los restos del pescado que lo alimentaba y apestaba la cocina entera porque se quedaban en la coladera del fregadero, encima de todo eso, había que soportar el bello insomnio patrocinado por la impertinente llegada al piso del magnánimo italiano que se empeñaba en estudiar Humanidades en una prestigiosa universidad a pesar de no contar con mucho talento y reprobar varios exámenes como un mal crónico. Si bien estoy consciente de que la tolerancia en la vida cotidiana de todo individuo es como el embrague al auto, como la mantequilla al guiso o el oxígeno para un ser humano, me vale madres, no apliqué nunca a este especímen carente de cualquier orientación y orden, que deja barras de pan endurecerse arriba del refigerador como el niño que colecciona mocos duros debajo del pupitre en la primaria; que pasa la aspiradora en su cuarto pero no barre o trapea ni en defensa personal para así atesorar el preciado polvo catalán debajo de su cama; que agita al caminar la única rasta que cuelga apestosa de su cabeza. Supongo que estoy pagándolas todas con esta experiencia que tuve que soportar porque yo tampoco tenía la pasta suficiente para vivir sola en un piso en Barcelona ni en el puto Raval, rodeada de paquis, filipinos e hindúes capaces de dejar parados los calcetines luego de vestirlos un mes entero.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Chaanclas mariana, yo se algo de eso, pero neta como aguantas a estos batos. Muy buena idea quemarlos en el internel jajaja.. Espero que ya no te topes con gente asi, lo que yo no entiendo es como el azar no hace que se tope uno al buscar compañeros de piso con especimenes por ejemplo, adictos a la limpieza, es común escuchar montones de historias de los roomies cochinos y siempre el que las cuenta es el mas limpio tengo a varios amigos asi, por que mejor no formar un grupo de todos ellos y vivir juntos, o sera que siempre hay alguien mas cochino o mas limpio.. divago divago..

Mariana M* dijo...

Creo que no es cosa de ser más cochico o más limpio: es cosa de ser más o menos obsesivo, de ser más o menos tolerantes y generalmente los que somos obsesivos, aprensivos y neuróticos nos clavamos en la textura más de la cuenta. Luego abrimos un blog y nos desahogamos.

Por cierto, el nombre de tío éste es ficticia. Era cochinón, pero buena bestia.

Así que no sé si deberíamos poner anuncios on line a la hora de alquilar habitaciones y específicar "sólo se aceptan obsesivos con la limpieza", porque entonces, nos juntaríamos puros enfermitos que pasamos el dedo por toda superficie buscando el polvo.

La onda, lo sé y lo acepto, sería relajarnos, ser felices y no clavarnos en pendejadas. No deberíamos desperdiciar nuestra preciada energía en si está limpio o no, sino en ser felices.

En fin, yo solita tiro la mierda y entiendo las soluciones, pero tengo que tirar la mierda, no me la puedo quedar dentro. Una disculpa por el desorden.

^_^

Natalia dijo...

Está bien divertido tu monólogo Marianix, me reí muchísimo.
Un abrazo!