martes, febrero 20, 2007

Maga

Como si una maga de los recuerdos fuera, me saqué esto de la chistera, así nomás porque sí. Creo que es algo vomitado por una servidora en el 97. O sea, es un vejestorio total. Un vejestorio de sangrita y bufones mientras espero impaciente las novedades.

***

De trapecistas, fuegos nocturnos y arranques de ira


Por Mariana Islas

Esta noche asistiré al salón de los bufones. Puedo desde ahora imaginarme el cuadro completo: cortinas de terciopelo azul y uno que otro cascabel riendo indiscreto. Yo estaré sentada al lado de Alcídes, mirando cómo da de sorbos a su bebida, tan nervioso el pobre, tratando de no evidenciar su ansiedad. Sé que sonreiré a discreción cuando él mire a Inés tragar saliva, sudando de más, mientras ambos ansían un encuentro que yo no debo imaginar.
Cargaré la máscara por lo menos una noche más. Me pintaré la sonrisa con el dedo, emulando las pinceladas que un payaso erige sobre su rostro antes de dar inicio a su presentación. Eso me hace lucir feliz aun cuando dentro escuche el crujir de lo reseco que ha dejado tanto dolor. Doy inicio a la puesta en escena y me corono la protagonista... iAcérquense todos! ¡Vengan al gran espectáculo circense! Hoy, presenciarán el acto ejecutado por la trapecista. Me veo parada de manos, con las luces rodeando mis imparables saltos hacia atrás o adelante; retando a la gravedad con las pelotas que van de una mano a otra y luego a los pies; o con el fuego, mi favorito, dándole vida al escupir violenta el combustible, soy la lanzallamas humana que se deja quemar, de una vez por todas, las cavidades traqueales antes de sentir el ardor en la boca del estómago, punzante como la indiferencia de
Alcídes, mientras atravieso en pleno vuelo los aires funestos de esta graciosa representación.
No me dejará opción, yo sólo podré seguir mutando en un montón de cuerpos, de tantas y tantas mujeres, cuyas roídas paredes, me van como anillo al dedo, como casas que habito y dejo tiempo después, cuando vienen las lluvias, cuando el olor a humedad comienza a picarme la nariz, cuando el caño apesta, entonces, las dejo ir libres. Escucharé un ruido de camiones que me despertará mientras cambio de trapecista a bruja. Quizá me levante. No me darán ganas, tendré hambre y sed, el cuerpo hecho trizas por dormir en una banca de parque. Lenta iré desentumiendo la flojera que cuelga de mis ojeras. Querré ser la bruja, esa descarada hechicera que a pesar de tener un sin fin de trucos para toda ocasión, se queda muda de magia, coja, manca, tuerta... casi desmembrada. Mi propia figura en el escenario me desagrada, embarrada toda de mugre de tanto arrastrarme por el suelo, por andar mendigando un bocado, que sólo pestilente lo hallo en los desechos apilados de un restaurante. Yo misma gané la condena inquisidora a un calor indeseado que me muerde, me acaba. Sucia, encuentro pedazos de chicle que guardo, y formo la pelota de un ocio de hambre. Creo que mi siguiente paso me llevará a una hoguera de eterno calcinamiento... me da miedo, ¡claro que me da pánico lo que sigue! ¿Qué sigue? Hecha bruja, levantarme.
Me compadeceré. Yo sé que
Alcídes me quiere, junto a Inés, pero me quiere. Con sus eternos silencios, pero está ahí. Me lo demostrará en un baño de oscuridad con marcas purpúreas sobre la piel: apretándome con fuerza, en un ritmo apresurado de ojos entrecerrados, que parpadean señales de fuego en tierra, con la voracidad de un viento deseoso de escupir su semilla. El día siguiente lo tomará por sorpresa, como el miedo que tiembla en sus ojos renuentes a aceptar toda evidencia del deseo, que cobró victimas una noche antes, encarnado en su cuerpo que acechó al mío en un instante en que se sintió el seguro gobernante de este reino. Correrá a los brazos de Inés, dejando en mis lindes las pistas de su arrebato escondidas en palabras susurradas, para que yo no crea que me quiere tanto. Me acariciará porque he sido una lindura con él, siempre he cumplido sus caprichitos. Nunca me he negado a llevar a cabo una sarta de tonterías que se le han ocurrido, a veces en medio de los estantes de una librería, en un centro comercial. Un relojito caro, lentes obscuros Puma, un encendedor de 3 pesos, todo para él y por sobre mi verguenza. La experiencia de poseer lo ajeno, le causaba un pequeño y extraño regocijo.
Y allí estaré, vuelta a ser la trapecista, dispuesta a ejecutar el acto aún sin red. Me impulsaré hacia el trapecio a pesar del riesgo latente de perder el valioso equilibrio e iniciar la caída cuesta abajo, que terminaría toda la historia con un golpe, con mi cuerpo enmarcado por líneas alteradas de mi sangre. Patética imagen. Pero soy yo. Soy la que guarda en su botiquín una navajita envuelta en algodón junto a la variedad colorida de pastillitas, para casos de emergencia, para cuando ya no soporte más las imágenes en cascada cayéndome desde mis insomnios y quiera abandonar este mundo, encontrar la salida, aunque se trate de otra deliciosa salgría: el cuerpo del bello
Alcídes, ya descarnado, casi desaparecido, que aún yace en mi sala, sobre la alfombra cara de mamá, cubierto de rojos salientes de su carne florida.
A decir verdad, esta noche no estaré en ninguna fiesta o banquete fastuoso, o en alguna representación de la obra que creé en mi cabecita, o en el cuarto de mis papás cogiendo con alguien a escondidas. Estoy comenzando a creer que me será imposible dejar la casa limpia, recoger los pedazos del jarrón de vidrio cortado que me llevé al vuelo, cuando trataba de hacerles entender cómo me sentía ante su insultante comportamiento.
Alcídes luce un poco desmejorado el pobre, y se veía tan bien engullendo el cuello de Inesita, intercalando un sorbo de martini seco, un mordisco de aceituna, para volver a ese cuello, suculenta pieza de gastronomía corporal. Tengo la imagen fresca, brota viva entre los rojos, con más precisión: brota del punto rojo que está en la sala de mi casa. La música era la más preciosa melodía. Compases de jazz, bebidas y humo de cigarro. Disfrutábamos el lugar: las paredes cubiertas de tela en tono escarlata en contraste con los espejos a juego de ilusión de espacio. Una de Medeski de fondo. La estúpida cara de Inés, casi cayéndose de borracha, entre risitas bobas, fascinando a Alcídes, repugnándome a mí. ¿Fue después? ¿Antes? Ahora ya no soy ni bruja, ni malabarista. No puedo ser nada. El espectáculo terminó.
Un aroma a perfume de mujer nadaba toda la sala de mi casa antes, justo antes de que
Alcídes cayera de rodillas ante mí, de que con el machete del jardinero le cambiara el gesto, lo hiciera guardar silencio y mis manos estrujaran sus intestinos como a carne molida para hamburguesa. Terminé de rasgar un perfecto cuadriculado en su rostro. Inés vestía una blusa nueva color gris, y me parece que los salpicones de rojo le van mejor que bien, aunque de la blusa sólo queden tiras y de su cabeza, manos y pies, trozos parecidos al bofe con el que alimentan al gato de mi madre.
Creo que mis padres llevan ya una semana de viaje; creo que ha sido una semana porque la carroña está comenzando a apestar: porque a pesar de haber cerrado todas las ventanas de la casa, hay moscas, y hasta unos gusanitos pequeños sobre los cuerpos de mi amiga, de mi amante novio. Creo que me exalté demasiado cuando los vi besándose, y me perdí en alguna parte del camino. ¿A qué hora es la fiesta en el salón de los bufones? O es que, ¿íbamos a escuchar la siguiente de Tonic?


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