martes, enero 16, 2007

Mal à la tête

Son las 13:40 horas. Aproximadamente hace 1 hora y media alguien murió víctima de 3 balazos en una casa ubicada en la misma calle donde vivo ahora con mis padres. Sucedió alrededor de las 12:30 horas. Mi madre me había dejado a cargo de la casa unos minutos antes. Mi hermana estaba a punto de llegar unos después. La casa en donde ocurrió el suceso está ahora acordonada con esa cinta amarilla que impide el paso a cualquier persona ajena al hecho. La escena se puede apreciar desde las ventanas de mi casa. Todavía están ahí los policías rondando la avenida. Policía Federal Preventiva, Policía de Zapopan, peritos, una ambulancia, reporteros gráficos, prensa escrita, radio, televisión, éstos últimos encargados de difundir más tarde a la ciudadanía que se trató de un señor de 70 años, ingeniero de profesión, quien, luego de abrir la puerta de su domicilio, recibió dos impactos de bala en el rostro.
Este crimen incluyó un arma y podría ser calificado hasta cierto punto como un crimen cotidiano y aunque en todas partes ocurren crímenes como éstos, hay otro tipo de agresiones que no incluyen armas y se perpetran cotidianamente como consecuencia de la desatención a las enfermedades y patologías mentales de la gente. Una baja calidad de vida y la mala educación de miles de personas que habitan la ciudad en donde crecí como consecuencia de una escala errónea de valores (generalmente dar mayor importancia a los objetos materiales, al estátus social, a las apariencias por encima de una ética más humana), propiciada en parte por la desatención de políticos y gobernantes a esas cosas de la vida que son tan importantes como un buen trato humano (porque sólo están interesados en cosas como el dinero), hacen mella en la sociedad, nos llevan a una crisis que abarca rubros como el trabajo, pero también afectan las relaciones interpersonales.
Yo, como muchas personas que tenemos una apariencia inofensiva, no cargo un arma, pero he herido a muchas personas a las que quiero y confieso que no sé bien a bien cómo parar, pero lo más importante es que quiero parar, ya que la agresión no sólo va hacia fuera, esa ira que siento en mi pecho y me hace explotar sólo para herir a quien esté junto de mí, me lastima a mí primero. La sensación es devastadora, fulminante. El mal éste tiene que estar vinculado a las emociones, las dependencias emocionales y a la autoestima de cada persona. No cuento con un diagnóstico exacto, porque hace mucho tiempo que dejé de ir con especialistas. Sentía que no estaba arreglando nada. Ahora estoy segura que no quería arreglar nada; simplemente no pude reconocer entonces que estaba enferma, ni tampoco pude ver que una vez reconocido el mal lo podía tratar.
Se requieren agallas para aceptar que se está enfermo (ahora sí puedo decir que estoy mal de mi cabeza sin chistar, ja), y se requiere más fuerza para adentrarse en uno mismo, detectar lo maltrecho y corregirlo a conciencia y a diferencia del crimen que ocurrió este medio día a unos pasos de mi casa, confío en que todavía pueda reparar los daños y que no haya herido de muerte a lo más lindo que me ha ocurrido en mi vida (también debo trabajar en mi tendencia a exagerar las cosas y magnificar todo a niveles estratosféricos, je). Extraño a mi agapornis.

FOTOGRAFÍA: Y para terminar de exagerar, “Saliendo a la luz”, jajajaja, que lo mejor que puede hacer uno cuando se descubre todo un codependiente emocional, es burlarse del hecho y poner las pilas pa’ arreglar el problema.

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