sábado, noviembre 04, 2006

Yo, insegura


Reconocer la existencia de los celos en la carne cuesta menos aún que reconocer la inseguridad propia. Grande como las torres que Gaudí edificó para la Sagrada Familia, como la Torre Agbar de Jean Nouvel o como el miembro de Ewan McGregor, la inseguridad nos hace sombra y ensombrece con su talento muchas de nuestras actividades cotidianas.
Realmente son poquísimas las personas que hacen algo al respecto y acuden a un gimnasio para esculpir un cuerpo más sano, por ende, más atractivo; más pocas son las que levantan su voz a todo lo alto vestida por las palabras: si, soy inseguro, pero quiero cambiar.
Promover un cambio, no obstante, es menos probable aún, sobre todo tratándose de personas que han trascendido a una supuesta adultez en años, pero que siguen siendo los adolescentes imberbes que adoraban excitarse con el escote de su maestra de secundaria. Por eso es más fácil aceptar los defectos de las personas como una realidad que o se ama o se deja, porque nunca va a poderse evitar.
Hay estudios que aseguran que de tanto repudiar nuestra imagen proyectada en un espejo, forjamos la inseguridad que tanto rechazamos. Somos nuestro peor enemigo, somos nuestro más duro juez.
Luego de poco más de un año de vivir alejada de mi típico cotidiano, lejos del ser amado, he olvidado muchos de los bordes propios de las relaciones. Por irónico que parezca, estaré como pez en el agua, pero de vuelta a ser vulnerable al entorno, a ser presa de mis propias inseguridades. El mentado anónimato del que he hablado me libera de tal forma que puedo salir sin más arreglo que recoger mi cabello y coger la primera chaqueta que encuentre a mi paso para andar en la calle y sentirme así segura, tranquila, hermosa y feliz. ¿Saben ustedes cuándo la voraz sociedad tapatía me va a permitir eso? Nunca, aunque salga con unas super gafas Prada, de esas que tapan la mitad de la cara; las vibraciones emitidas por cada juicio se transmiten vía terrestre provocando cosquillitas a flor de piel, la tremenda cosquilla maligna que te obliga verte bien para ser juzgado bien que además sólo sentimos los pendejos, los inseguros.

Somos la tierra en la que nacimos, el color del cielo. Somos la mierda que abona esa tierra que nos parió, el color del barro. Somos la belleza y la bondad de los índigenas ultrajados. Somos caquices y asesinos como los cabrones que nos conquistaron. Y somos en cada acto esta inseguridad de la verga.

















FOTOGRAFÍA: "Moi, l'insécurité en marche". Y digo, tampoco está tan de la verga, no soy un manojo de inseguridades, pero llevo unas cuantas a cuestas, es sólo que aparento muy bien, como todo el mundo, ¿no?

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