viernes, noviembre 03, 2006

Come kitty, come!

El gato no daba señales de vida. Me asomé por los rincones, desordené los cojines segura de que lo encontraría debajo de alguno, abrí gavetas, ventanas y puertas que cerré al tiempo que me convencía de que no volvería jamás, aunque resulte un atrevimiento nulificar hechos que no dependen de uno mismo, pero pequé de soberbia y aseguré haberle perdido.
Pero este gato cabrón, además de moderno, se paró detrás mío y de una carcajada irrumpió en el salón, me sacó un susto tremendo y dio inicio a su aleccionamiento del día: si buscas no encontrarás nada en la nevera, vacía como tu vida a veces, fría como el invierno en ciernes, enorme como tus errores. Simple mortal, me dijo, no acabas de entender que debes ser paciente y aprender a esperar las bondades que la vida te tiene preparadas, que, mi estimada humana, la vida te pone las cosas en frente, que tú no quieras verlas es otro cuento, como el que te voy a contar.
El relato del gato moderno me dejó fría como la nevera descrita. El gato es generoso y se inserta entre Sherman y Ono, aunque prefiere a Duchamp. ¡Qué gato éste!

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