viernes, octubre 20, 2006

El nacimiento de Rosebud

La chica, que podría llamarse Rosebud, come Donettes bañados de chocolate que se derrite en sus dedos. Los chupa y da vuelta a la página de la revista mientras la voz anuncia desde los altavoces “pròxima estació: Verdaguer. Enllaç amb linea cinc”. Su mirada repasa veloz las propuestas en tweed para el otoño-invierno, pero ella en realidad piensa qué se sentirá estar embarazada como su amiga, que podría llamarse, por ejemplo, Lontananza, que vio apenas hace unos días encarnada en su nombre: distante y nada parecida a lo que alguna vez tanto le gusto haber encontrado en una amiga.
En el vagón hace calor y en el ambiente está impregnado un penetrante olor proveniente de los sobacos de los pasajeros ajenos a la existencia de los desodorantes; un olor rancio que no escapa de la atención de Rosebud. Sus ojos azules se pasean de un hombre a otro como intentando decifrar quién putas es el puerco que no le hace un favor a sus semejantes usando un poco de desodorante. Recuerda en ese momento la sensación de estar en un lugar con gente a la que ya no se quiere nada. Estos eran desconocidos totales, le dan lo mismo, no los quiere nada, su corazón no sufre, ninguno de los ahí presentes ha quebrantado con sus actos su confianza, nadie ahí ha actuado como adolescente imberbe lastimándola. No los conoce y poco le importaría hacerlo.
Rechupa en su dedo índice los últimos restos de chocolate. Da vuelta a la página. Realmente quiere dar vuelta a la página, dejar atrás a toda esa gente que ya no quiere nada, que no puede querer a pesar de todos sus intentos. Le han dicho que las amistades no terminan como una relación de pareja, pero está segura que si una amistad causa tantos dolores de cabeza como cualquier hijo de la chingada que se empeña en joderle la vida a alguien, no tiene por qué seguir. “Pròxima estació: Joanic”. Sale del vagón. Apura el paso entre la gente. Odia a la gente lenta, a los viejos de lento andar, a los que le estorban y le choca, además, caminar despacio, no lo soporta ni tantito. Enreda sus dedos en un mechón de pelo. Intenta comprender por qué la gente actua como actua cuando tiene miedo. Tiene claro que sentir miedo no representa necesariamente herir, pero sabe que los mecanismos de defensa suelen cumplir su cometido y persiguen la supervivencia sin importar los decesos que ocasionen. Rosebud tiene miedo. En el último mes ha sentido por momentos cómo la frecuencia de su respiración disminuye, se hace lenta, muy lenta cada vez que llega el miedo. Los ataques regulan sus inhalaciones y bien se podría olvidar de respirar. Tira pa’lante. Rosebud, si es que se llamara así, quiere llegar a casa a tirarse un rato antes de volver a trabajar.







FOTOGRAFÍAS: “Ins metro gehen”. El precio es caro y caer no es una opción, aunque de ir tan rápido, lo pude haber hecho cientos de veces. ¡Dios! ¿Qué estoy diciendo? ¡Bah! Sólo unas fotitos del metro para no dejar al texto tan pelón.

2 comentarios:

fruitman dijo...

"enreda sus dedos en un mechón de pelo"... suerte, tener un mechón de pelo.

Mariana* dijo...

...Sobre todo rubio como el de Rosebud, ja.