viernes, septiembre 08, 2006

La felicidad sabe a higo

Lo llenó sin parpadear. Sus ojos azules, saltones como de pez, se posaron en mí en espera de la elección. Yogurt y fresas; fresas…higo. Éste último elegido al azar y sin la menor de las expectativas. Me tomó por sorpresa ver que debía accionar el mecanismo giratorio de la nevera que resguardaba a 16.1 grados centígrados los gelattos, como una especie de rockola alimentaria al servicio de los golosos que como yo, aman la dulce espesura de un helado bien batido y de sabores exóticos y novedosos. Con su palita fue llenando de felicidad el vaso. 3 euros por satisfacción garantizada. 3 sabores por 3 euros. Y salí del local a caminar el resto de Argentería para encontrarme con mi descenso en Jaume I. Hasta abandonar la estación Joanic no paré en saborear la mejor de las compras. El más suculento higo del planeta estaba ahora en mi panza recubriendo las paredes de mi estómago que una hora antes agonizaba ante la ausencia de alimento. No pude sino paladear su aterciopelado sabor, rendirme a sus pies ante la explosión de cada una de sus semillas a merced de mis mandíbulas batientes. Un helado me hizo la vida esta madrugada al regresar del trabajo, además, qué maravilla que sea viernes (ya sábado) por la noche y que una heladería se atraviese en mi camino. Cuantas resacas menos hubiera tenido en mi vida de haber contado con una heladería cerca de mi andar, aunque si lo pienso bien, qué gorda que estaría, mejor no, gracias, mejor sólo este heladito por hoy. Suprema felicidad ante lo miserable de mi rendimiento como estudiante…pero esa, es otra historia, que decidí no autoflagelarme tanto.

FOTOGRAFÍA: “El vaso de la felicidad” que, por cierto, es de uno de mis colores favoritos, que quise tomar lleno, pero a falta de cámara, tomé ya vacío (y resulta que no es el envase de ningún tipo de embriagante, bueno, aunque el azúcar también pueda ser toda una señora droga, je).

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