miércoles, septiembre 06, 2006

De soledades, tatuajes, meseros locos y soundtracks de la infancia


Es lindo contarse tatuajes mientras escucho a los Beatles y me curo así de la sobredosis que me patrocinó mi padre en la infancia, porque era y es amante de la música del cuarteto de Liverpool (que literalmente significa “alberca de hígado”. No era consciente de tal significado, pero Tomás tuvo a bien develarmelo. ¿Deberé agradecerselo? Es que es una imagen realmente terrible). Siempre me han gustado, pero confieso que los evité por algún tiempo, ya que comí, desperté, jugué, hice tareas escolares, viví una intensa niñez y los Beatles eran mi soundtrack. Con decirles que a los 3 años mi padre me llevó a ver The Yellow Submarine. Aún vivíamos en el DF y yo me enamoré del Paul animado y se lo conté a Federico, mi compañerito de segundo de kinder en el Colegio de Educación Integral que estaba cerca de mi casa situada en la calle Jojutla, en Tlalpan. El soundtrack de mi vida también tiene algo de Shakatak, Tomita, Neil Young, Police, Sting, Vangelis, Mody Blues, cualquier cantidad de jazzistas, Bob Dylan, pasando por Mecano y su Descanso Dominical, boleros, música de trío, Esquivel, U2, ópera, compilaciones de música de los 80, hasta Roxette, Rick Astley y Pandora incluidos, unos en vinilo, otros más en cd; no sé, si bien mi padre es un melómano a tope, también es cierto que siempre lo ha caracterizado una gran apertura para escuchar de todo un poco. Creo que sólo Maná le caga la madre, junto con Alejandro Fernández. A mí también.
Nos contamos tatuajes. Yo me imagino el tuyo. Lo soñaste anoche. Yo anoche me soñé parada en una habitación contemplando goteras. Mi sueño respondía a las tribulaciones de una caótica noche de trabajo en la que el mesero loco renunció porque yo le metí caña. En realidad sí, lo molesté porque me colmó el plato su actitud petulante y el muy marica fue de chismoso con el jefe. Se arrancó el mandil y lanzó improperios en mi contra, todo en italiano, todo inentendible para mí, salvo sus ademanes propios de histrión, talante que maman de la leche materna, pinches italianos dramáticos, pederos de mierda.

La noche se tornó inusual, prosiguió en sus ambajes más rara aún cuando en el bar de al lado, mientras charlaba con Lulú, otro esclavo de la hostelería nos hizo platica para aliviar sus penas. Enjuto y de ojos salientes, con pinta de Steve Buccemi en cualquiera de sus personajes, me invitó un porro en el baño. Yo me negué. Me dolía la cabeza y no suelo fumar con extraños, menos aún si visten pantalones pesqueros, chanclas y les cuelga un cuarzo del cuello, además de llevar cachucha. Como mi vehículo está en el taller, tuve que regresar a casa en el autobus nocturno, y mientras lo esperaba otro sufriente de ojos estrábicos que se sentó junto a mí a esperar el N2, me confesó que estaba borracho porque prefirió salir a beber que quedarse a pelear con su esposa en el día del cumpleaños de su hijo. Era un veterinario que trabajaba de segurata en no sé donde; su esposa, doctora, le riñó, así que él le extendió las llaves del auto frente al trabajo de ésta y se marchó a beber, y se lo dijo, le advirtió que bebería hasta tranquilizarse. Me lo encontré borracho y no sabía a qué ojo mirarle mientras me contaba sus penas. En cuanto vislumbré el N6, salté de felicidad y me despedí deseándole un feliz cumpleaños con su hijo. En ese tenor, debo confesar que el otro día entré sola al Paddy’s Lane, un pub que está en frente de mi trabajo y bebí una deliciosa pinta de Guinness. Estaba sola y me sentí en el paraíso, que en mucho tiempo no había entrado a un bar sola a pedir un trago. Me bebí la Guinness y me fumé un Gauloises. No apuré ningún trago y me felicité por mi buena suerte, por cómo ha cambiado. Jusque ici, tout va bien.



FOTOGRAFÍAS: “¡Qué ya venga el Nit Bus, coño!”, tomadas en la media hora que tuve que esperar el camión para regresar a casa. Noche de locos total. Pero, ¡ah! Qué lindo es contar con transporte público nocturno para volver a casa, ya de juerga, ya del laburo.

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