domingo, agosto 06, 2006

Una de forevers


Salimos del lugar porque ya no servían más tragos. La lluvia de espuma había sido barrida y trapeada. No queríamos mojarnos los pies con los litros y litros de agua mezclada con Vel Rosita para espumar, así que descendimos de nuestro refugio en la primera planta y avanzamos hacia la salida. Había visto a una hermosa mujer en ese sitio, una mezcla entre Kate Moss y Catherine Keener, vestida con minifalda de mezclilla y blusa de algodón blanca, pero no pasaba de los 21. Tierna, tierna. Con los pechos florecientes. Sabíamos que queríamos más fiesta, de eso no había duda y todo se fue dando. Conforme avanzamos por la avenida costera salió solito. ¿Pos vamos por otra chela o qué? Pos vamos. Y no terminamos de manifestar nuestro genuino deseo, cuando ibamos pasando en frente de un table dance. La verdad es que ni me acuerdo del nombre, pero era un table dance en toda la extensión de la palabra: fachada blanca, muy pulcra, con un diseño arabesco, y dos tipos de camisa con estampado palmerezco y pantalón de vestir en la puerta. A Liliana le brillaron los ojos. Siempre quise entrar a uno, me dijo. Yo ya había entrado a un par, pero no en Manzanillo, ni con mi amiga. ¿Podemos entrar, señor? Sólo queremos tomar una cerveza. Pásenle muchachas. Y pos ahí vamos, algo ingenuas, más que nada borrachas, a sentarnos en una mesa justo en frente a la pasarela donde Yajaira se contoneaba como es típico y natural en estos bules. Más de uno de los asistentes nos miró raro, pero nos valió madre, ya estabamos ahí, no íbamos a juzgar, sino a divertirnos, ver chichis, y a tomarnos fotos típicas de borrachera, pero en un bule de verdad. Eramos las únicas viejas vestidas. Es bonito ser la única en algo. Pedimos nuestras respectivas chelas que nos acompañaron para ver cómo una amazona trepó el tubo y quedar colgando tan sólo sostenida por los pies. Yo, la verdad, flipé. En mi corta experiencia no había presenciado más que un sexo en vivo bien chafa en La Ballena y los bailes de varias gordis, que incluso exhibían la cicatriz de la cesárea, pero nunca a un mujerón como este que a pesar del tacón de sus botas se movía cual gacela en el escenario y se despojaba de sus prendas para mostrar la magia de una buena afeitada. Bueno, incluso creo que hasta al París de Noche llegué a ir una vez. Chale, y al Kaos, aunque sólo fuera para mear. En eso estábamos cuando Julio, un adulto contemporáneo en toda la extensión de la palabra, nos hizo algo de plática. Que qué estábamos haciendo en Manzanillo, que si estaba bien bonito, que él tenía unos negocitos por ahí, que su sobrino era novio de una de las bailarinas y que por eso frecuentaban el lugar, que él había vivido antes en Estados Unidos, que le iba a los Metz, que si queríamos otra chela, que después de ahí iban a ir a su departamento junto a Las Hadas, que si no queríamos ir a seguirla ahí. Liliana y yo dijimos educadamente que no gracias, que ya nos íbamos a nuestro hotel. Julio se fue. Nos presentó antes a su sobrino, con facha de cholo chicano. Nos terminamos nuestras respectivas bebidas. Fuimos al baño, pero como es raro que entren mujeres a ese lugar, tuvimos que ir al de las bailarinas, y pues ni modo, a verlas cómo se vestían, que si pásame la crema, que si traes labial, que ya estoy bien cansada. En nuestra partida nos topamos a Julio y su sobrino. Estaban esperando a la novia de éste en una camioneta tipo Ram Charger. Una vez más Julio insistió en que fuéramos a seguirla a su departamento y esta vez aceptamos. Subimos al vehículo, que tardó horas en avanzar porque la novia del sobrino armó un pancho porque íbamos Liliana y yo a su depa. Como pasaban los minutos, como no había mucha acción, volvimos a dar las gracias y aunque Julio objetó, salimos de ahí, no corriendo, pero casi. Para entonces ya nos había dado miedo que alrededor de la bailarina novia se reunieron las otras bailarinas y que todas miraban hacía la camioneta y nosotras todas inocentotas, o más bien borrachas, ahí trepadas. Seguimos cual camino amarillo la avenida costera hasta llegar al hotel que no estaba muy lejos. En el camino le marqué a Tomás y escupí un mensaje que no me acuerdo que decía. Al siguiente día amanecimos y coincidimos en que salvamos la vida de milagro. Hubiera estado la onda ir a ese depa y ver cómo se divertían, pero…mejor dejarlo así, había que vivir para contarla.

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