domingo, agosto 13, 2006

Siempre lefias


Volvimos a las andadas. Por poco y olvido lo lindo que resulta ser una perra, pero de la manera más elegante, con ese estilo que tanto mejora con los años. No repetimos más veces el nombre veneno porque entonces sí que ibamos a caer en el mal gusto y eso me choca tanto como la gente tonta o como caminar en La Rambla ahora que es verano y que todo, pero todo el pinche mundo se arremolina por ahí. Digo, tuvimos que recorrerla en su trayecto de Escudellers a Tallers sólo para llegar a la Oveja Negra a por unas jarritas de sangría, las cuales vendrían con una bella escena de guiri vomitando en frente de todos los asistentes; charla con italianos locos que nos enseñaron que “viva la mona” en ciertas partes de su país alude al deseo por las mujeres (es finalmente un grito cavernario que podría traducirse como “viva el coño”); y un montón de carcajadas, todo patrocinado por el típico bar catalán. En todo momento estuve consciente del peligro, pero consideré perminente que Lolis conociera ese tugurio, por lo cual valía la pena sortear el esquivamiento de numerosos bloques humanos integrados principalmente por italianos e ingléses entre muchos otros guiris odiosos por más perfumados y fashion que anden. Era su última noche en una ciudad que a 25 grados y después de su visita me parece más hermosa aún. Nos costó la sintonía. Creo que hacía demasiado tiempo que no pasabamos tanto tiempo juntas, como cuando nos encontrabamos cada tarde en clases, cuando viajamos a un mentado congreso en Sonora a presentar una revista que nunca existió, pero que nos hizo muy famosas. Una vez acopladas no la quería dejar ir, quería quedarmela otro ratito y otro ratito y otro ratito más que me reí un montón con ella a carcajadas parlando italiano, tragando gelatto de pastel de manzana en la Plaza Mayor de Madrid, donde reí más todavía cuando tumbó a un chiquillo con su mochila, sin darse cuenta, claro. Todas las complicaciones de mi universo llegaron a su punto más álgido durante su estancia a mi lado para después menguar y desvanecerse con la lluvia. Así que fui más feliz aún. Pude chillar y desahogarme y beber un coctél en el Ritz que queda frente al Museo del Prado. Caigo en la cuenta de que como antaño, Lolis me envuelve con su enorme belleza y podemos hablar al chile y develar episodios dignos de ser desechados ya. Volvi a encontrar en sus ojos la complicidad de siempre y nos adueñamos de la cocina de casa de Enrique para seguir festejando el encuentro, el paso de Lolis por esta bella Barcelona, que podré disfrutar a tope en lo que me encuentro otro lindo laburo, que el lugar donde trabajaba cerró y no tendré que echarme por algún tiempo jornadas interminables de 16 horas (para poder pasear por Madrid), ni soportar al encargado del restaurante que me tenía hasta los huevos con sus comentarios misóginos de mal gusto porque no le conectan el par de neuronas que dios osó darle. Definitivamente, la Secretaría de Relaciones Exteriores se debería plantear el dejar de exportar especímenes de este tipo al extranjero si quiere que se tenga a los mexicanos en un mejor concepto, como bien dice Enrique. Pero esa es otra historia y yo ahora estoy sola en mi piso porque mis compañeras están de vacaciones y soy feliz: no tendré que preparar ni un cortado más, ni calentar trozos de tortilla de patatas, ni lavar miles de vasos de cañas, ni escuchar al encargado de mierda o lidiar con Gloria, la camarera colombiana que no era camarera. Lefia, ¡te quiero!

FOTOGRAFÍA: "En la cocina se hacen siempre las mejores fiestas, ¿eda Lefia?" en la que se suponía saldría una imagen de grupo, pero mi brazo no dio más y Julián el colombiá acaparó, junto con Nicolás, el peruá, la foto en que en realidad debimos protagonizar Lolis, Enrique y yo, pero bueno, lo pasamos re bien.

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