martes, julio 25, 2006

Olas


Los escuché por primera vez hace 12 años. Eduardo me contó que su canción decía mi nombre. Dos años más tarde eso me sirvió para ganarle a Pablo un CD de Tori Amos, el “Boys for Pele”. Me encantaba apostar que Wave of Mutilation llevaba mi nombre en su letra, sólo por vanidad. Me encantaba constatarselo a quien fuera. Un honor que una canción tan bella lo lleve. No conozco la vida de Black Francis o de Kim Deal, ni de Joey Santiago o David Lovering como para entender el significado de la letra de esta canción. Podría ser cualquier cosa, cualquiera. La imaginación puede rebasar cualquier forma de lectura ajena. La imaginación puede acercar a las personas o sólo alejarlas, así estén frente a frente o a kilómetros de distancia. Cada quien decide la lejanía a pesar de la distancia, la distancia en la presencia o la cercanía en la circunstancia que sea. El dardo está tirado y el corazón lleva sólo un nombre, una esencia en la que no cabe sirena alguna, ni en comentario.
Pude ver a Pixies por primera vez hace unos días. Benicàssim. Fui una fiber. Combinación cliché: playa, sol y gente. Un montón de chavetes drogados y semi desnudos en busca de diversión festivalesca y musical. Será que soy ya una adulta contemporánea que no me divertí a raudales, ni esgrimí más de 40 minutos una sonrisa en mi rostro; será que no me drogué como debía, que me pareció tan efímero todo aunque deseé disfrutarlo intensamente para mis adentros. Vi a la hermosa Kim Deal con el cabello corto y su bajo, a un Black Francis algo chaparro para como lo pensé; Santiago, un virtuoso de la guitarra, y Lovering, aferrado a su batería, todos reproduciendo las melodías de mi juventud dorada y loca, otros tiempos siempre memorables, quiméricos ahora.
De poderlo hacer me hubiera quedado ahí, a 10 metros de ellos escuchándolos tocar todo “Doolittle”, mi favorito, sin volver a casa, aunque los pies me dolieran de estar parada por horas, defendiendo a toda costa mis dedos calzados por una chancla de la inclemente horda de ingleses ávidos de rock and roll. De poder, hubiera elegido ir contigo siempre a ver a mis ídolos de juventud, llevando unas pupilas de plato que te cagas, para bailotear lentamente a The Strokes un poco después en pasos lentos, sensuales y hermosos como sentí a Deal al tocar su bajo, cantando los coros de Tame, en un quejido dulce y desgarrador como siempre fue en las mil y un reproducciones que hice de ese disco.
Eramos 30 mil escuchando Wave of Mutilation. Fui tan feliz.

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