miércoles, julio 12, 2006

La vida sin suavizante




¿Hay alguien que no olvide el suavizante? ¿Alguien que lo lleve en la mente como instinto? Yo, definitivamente soy de las mujeres que lo olvidan y he lavado cientos de veces la misma ropa, la ropa nueva, la ropa odiada, la ropa que compro para causar envidia entre las chicas menos beneficiadas, la ropa que es adquirida sólo para ser quitada. Con toda la ropa es la misma cosa: olvido el suavizante. Y no sé por qué putas el día que lo recuerdo se mancha la ropa, la que mejor me hizo lucir en alguna ocasión, y hay que llevarla a teñir, porque soy incapaz de hacerlo por mi cuenta. En realidad no es que olvide el suavizante. Compro una botella cada quincena. Lo que olvido es el momento justo en el cual vaciar la medida apropiada al interior de la lavadora. Al final, no fui de las afortunadas chicas que fueron criadas para recordar ese momento crucial en la historia del lavado. Yo soy de las que fueron criadas para ejercer su santa voluntad e incluso, a veces, ponerse tan bordes que insultan hasta a sus novios y les dan en la jeta con sus desplantes. Ya quisiera yo haber sido educada para ser de esas, porque parace que lo pasan mejor. Bueno, no es que lo pasen mejor, es que al menos no son de las que les brota la curiosidad por los chicos de corte moderno, de tipo entre intelectualoso y desaliñado, de los que te das cuenta al instante que tienen un gusto particular por el desorden, el cual les viene directo del desvan que construyeron con tezón en su cabeza desde la infancia. Eso es lo único que envidio a esas chicas de ropas planchadas y lisas gracias al suavizante. Yo, que ni al planchado llego, me he merecido encontrarme por tal descuido con un par de patanes por ahí que me han dado de patadas en el trasero hasta hacerme llorar y, por una cierta patología que creció en mi cabeza desde pequeña, no me quito. No me quito y no me quito. Supongo que cada arruga en mi ropa, sobre todo en las camisas de algodón, debe reflejar ya las arrugas que llevo en el corazón y en la esperanza de toparme por fin con un tipo decente, de esos que quieren a las chicas expertas en suavizantes y temperaturas de plachado. Yo, en cambio, sólo sé que a cierta temperatura en el cuerpo se deben consumar ciertos actos que de conocerlos las madres de esas bien educadas damicelas, las encerrarían casi, casi en un convento, digo, de existir ese tipo de paliativos y correccionales para señoritas decentes, de buena familia y muy bien arregladas. A mí me encantan los correctivos, pero de posiciones y en la cama. No hay nada como que esos patanes hijos de puta te acomoden a su antojo en las posiciones más enfermas que hay y que no te imaginabas que existían hasta que gritaste de emoción cuando pensabas que nunca más ibas a volver a perpetrar un descubrimiento que apuntar en la libreta de los recuerdos de la carne. Supongo que agradezco que mi madre me haya mal criado y me consintiera lavando mi ropa en esa cuadrada maquinaria que compró cuando nos mudamos a un barrio un tanto más fresa. Dejó atrás ese armatoste de dos cilindros y se puso a la moda. Yo sólo pude echar mi moda en sus fauces y esperar a que mi madre se acordara de echar el suavizante y no la juzgo, porque no creo que haya sido exactamente de esas chicas estiradas y de alta alcurnia que saben colocar las cosas en su sitio o por lo menos en el momento en que deben ser colocadas. Sólo dios sabe si estas categorizaciones mías tienen alguna lógica o razón de existir en mi cabeza. Ha de ser pura envidia. Si sólo alguna vez pudiera recordar que debo echar un chorrito de ese líquido lechoso cuando el ciclo de lavado indica “enjuage”, mi vida estaría más enderezada. Quizá así no me hubieran dejado como me dejaron esos patanes que dejé entrar a mi vida creyendo que sus muecas de altivez iban a hacerme la mujer más feliz del universo, aun sin importar que no recordara colocar el maldito suavizante. Ahora ni lavando la ropa como se debe me puedo deshacer de ese dolor al que trato de ponerle palabras para que no se pudra solo adentro. De poder, me arrojaría al canasto de ropa para ser lavada por una de las niñitas mimadas de clase alta y gustos refinados, tal vez así saldrían de mí estás manchas que dejaron con su mal trato esos tipejos de cuarta. Tal vez así saldría suavizada y en un estado de relax total tal y como si hubiera ingerido un calmante de nervios. No es que me guste vivir en constante negación, pero esta asfixia maldita, joder, debe salir de alguna forma. El lavado se llevaría esas incómodas noches en las que decidí beber como cosaco mirando cómo mi amado patán miraba a otras chicas, charlaba con ellas, reía, y carcajeaba mientras yo me aferraba a mi bebida, sentada sola en la barra, embargada de ignorancia, de su apatía por mí. Por eso tengo la esperanza de aprender a lavar la puta ropa, porque no estaría de más sacar estas manchitas incómodas de mi cabeza. Aunque estoy segura que mi vida, mi historia, nunca resplandecería tanto ni con mil talladas. Te haces viejo y te llenas de polvito, de la mugre de cada mal momento que pasaste al lado de esos imbéciles de mierda. La verdad es que el resplandor perfecto no existe. La perfección en sí no existe. Siempre seguirás comprando ese corte fetiche en la ropa aunque todos te digan lo fea que te va. La necedad de no recordar la gran importancia del suavizante. Las recaídas en esta falla mortal. El gusto eterno por la postergación de las patadas en el trasero. Mi reino por un cuartito de suavizante en mis entrañas rajadas.

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