lunes, julio 10, 2006

Eterno el retorno


El viaje no suponía un desgarro, pero en noches rotas como la de ayer, se me cae un poco todo. Lo peor es sentirlo adentro, porque no hay manera de penetrar y reparar lo caído, lo desvencijado. El puto desgarro de mierda. El que no se quita con paracetamol.
En realidad el viaje sólo supone mudar de piel, quedarse con los básicos; supone regresar y retomar la vía. Retornar. Eterno el retorno. Por eso te marco y ruego no encontrarte dormido, porque es domingo y sé que generalmente los domingos practicas encierro riguroso. Si logro encontrar pronto tu voz, si puedo así abrazarte con mis palabras, conseguiré sentir de manera adelantada la sensación de regreso en la medida justa para tomar fuerzas y terminar el viaje que fue tan necesario, como absurdo puede resultarme ahora, cuando te encuentro dormido, balbuceando una explicación que no entiendo, porque yo lo que necesito es escucharte y entonces vuelvo a tu voz grabada en el celular desde una fiesta bien fresa en la que no sabes qué hacías, en la que muy seguramente la promesa de encontrar un paraíso temporal se desdibujó conforme pasaron los minutos y te quedaste solo, rodeado de gente que bien te puede dar lo mismo, que no te dice nada, que te aburre y desespera, en la que no encuentras sentido, ni diversión, ni felicidad como cuando salíamos solos a vagar un sábado por la noche, parando en un Seven Eleven para cargarnos de cigarros que fumaríamos en El Lima hablando de nuestros nombres y de correos electrónicos y encuentros en el messenger. Después un beso corto, luego uno más largo y abrazos y sonrisas y tus hermosos ojos cafés que nunca me voy a cansar de admirar. Vamos a tener que quedar a una hora que nos junte a pesar de esta diferencia horaria de mierda, porque yo te quiero escuchar, porque yo te quiero Tomás. Te quiero todo.

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