domingo, julio 30, 2006

Acotaciones al margen (porque adoro las acotaciones al margen)


A ver, déjenme cambiar el tipo de letra, porque me da manía leer en Times. Simplemente no puedo leer en pantalla un texto escrito en esta molesta letra. Ahora sí. Bien, pues el otro día pude ver por segunda vez Things I Never Told You (1995), el segundo largometraje de Isabel Coixet, directora catalana cuya obra está compuesta mayoritariamente por películas filmadas en inglés, situadas en territorio canadiense y protagonizadas por interesantes actores como Tim Robins, quien se enganchó con el guión que la Coixet le presentó de La Vida Secreta de las Palabras (2005) y aceptó encabezar el reparto; Sarah Polley, quien ha repetido en dos ocasiones, primero en Mi Vida Sin Mí (2003) y luego al lado de Robins en magistrales actuaciones; Isabel Adjani, en A Los Que Aman (1998), que se enamoró del pulpo gallego mientras que miles de espectadores nos morimos a sus pies como la hija el profesor de esgrima que seduce al esposo de la protagonista, que no puede más que morir de amor literalmente; Andrew McCarthy, el chavete que el mundo conoció gracias a la ochenterísima Me Enamoré de un Maniquí (1987) junto a Kim Catrall –reconocida por su papel de Sam en Sex in the City-, y Lily Taylor, actriz que vi por primera vez en Dogfight (1991) al lado del desaparecido y legendario River Phoenix. En aquel largometraje ella hacía de patito feo. En Things I Never Told You no es que la hiciera de algo muy diferente: es una chica rara, su novio la deja para irse a Praga desde donde la termina para estar con alguien más, trabaja como dependienta en una tienda de equipo fotográfico y de video y va a la lavandería. ¡Si! ¡Va a la lavandería! Ir a la lavandería es como la típica acción cliché de todo soltero independizado de la lavadora de la casa de sus padres. Y sí, es una imagen más que nada importada por Estados Unidos, pero merece la pena estudiar. Me creeran repetitiva, pero actos tan banales como lavar la ropa podrían resultar incluso trascendentales. El personaje de Taylor, Ann –que es también el nombre del protagónico que se avienta Polley en Mi Vida Sin Mí. ¿Alguna fijación en especial de la Coixet con este nombre?-, liga con Don, interpretado por McCarthy, y se lo lleva justo a la lavandería durante un ciclo de lavado, tiempo en el que intentan relacionarse sin mucho éxito, porque al final son un par de discapacitados emocionales que al haber sufrido enormidades en intentos anteriores por intimar con alguien, se niegan ahora la oportunidad, más por costumbre que por convicción, de establecer un seguro mecanismo de defensa. Estamos pues en la lavandería y les juro que esta película la pude ver hace por lo menos 7 años, y Ann se tira dos líneas diciendo que cómo rayos es que olvida siempre el suavizante. Seguro que esto quedó guardado en mi subconsciente, como un mensaje subliminal o como la indicación dada por un hipnotista que me agarró desprevenida, porque cuando terminé de ver Mi Vida Sin Mí en la quinta repetición que daban en el cable, me aventé de corrido el texto de La Vida Sin Suavizante que publiqué anteriormente. Mi desconcierto al ver que Coixet tiene, no sólo fijaciones con el nombre de Ann, sino con las secuencias en lavanderías y que sembró en mí la semilla, fue tal que quise entonces hacer esta pertinente aclaración de cómo surgieron las cosas. La idea de Ann respecto a olvidar suavizantes es similar a la que yo desarrollo y atrajo mi atención.
Y sí, soy fan de la Coixet. Me gusta la manera en que aborda a sus personajes femeninos, sobre todo en Mi Vida Sin Mi. He podido ver 4 de sus 5 filmes y me parece que definitivamente tiene algo que decir al mundo. Sus obsesiones me atraen y más me atrae su sútil manera de contarlas. Como con Almodóvar, por su particular manera de contar situaciones de lo más irrelevantes –o no, porque justo dotar de una importancia tal hechos que parecerían de lo más nimios es digno de admirarse-, he caído rendida a los pies de Coixet.

Flashbacks o querido diario...

Menstruo cada 15 del mes. Las uñas me las tengo que cortar cada 15 putos días. Pago la renta los días primero. El cabello, a despuntar y dar forma cada mes y medio. Comparto un departamento con mi hermana. Odia a mi novio. Yo odio las trazas de fruta que deja en la cocina, así como su mirada inquisitiva de “no hemos decorado el lugar, ¡qué pedo!”. Me vale pito decorar el lugar. Ya a estas alturas se hubiera dado cuenta que su hermana desempleada tiene otros planes en su cabecita para pasarlo bien en la vida: fiesta hoy, fiesta mañana, The Sounds, fiesta el sábado, Interpol, tres orgasmos, levantarse a las 12 pm cada día…vacación. Estar desempleada no es cualquier cosa. Tengo que hablar con mi ex jefe mañana para pedirle la carta de recomendación que necesito para la beca. Luego los maestros de la carrera. Tengo ver cómo saco una lana extra para largarme a San Francisco y obtener así un extra de lana. La beca, el golden doctorado de 2 años y medio, todo en ya, todo en un mes y medio, que no lo pude hacer en años. La espera ha sido larga, la espera por el sueño dorado de ser lo que siempre soñé. Si he sido siempre lo que siempre soñé y 28 tacos me dan la certidumbre necesaria de que lo lograré. No necesito polvearme la nariz mucho como para saber que lo voy a hacer. El sueño siempre se hace realidad. Esa es la verdad de las cosas. Siempre logras lo que has deseado. No quiero ser empleada una vez más. No con fines estúpidos de pagarme esta vida de soltera, aunque resulta de lo más fenomenal.

viernes, julio 28, 2006

Mirada de ciudad

...Alguien le regaló a la ciudad una mirada.





FOTOGRAFÍA: "Mirada", pintada por alguien que desconozco (debería informarme) en el costado de un edifició que da a Passeig Picasso, una arbolada avenida a 5 minutos del restaurante donde trabajo.

jueves, julio 27, 2006

Estados


La felicidad de tocar las paredes blancas de tu departamento nuevo. Enamorarte del chofer del camión que diario te lleva a la universidad. La primera penetración por detrás. Escuchar a todo volumen la música favorita del hombre que amas y pensar que eso es el cielo. Fumar marihuana con tu mejor amiga. Darte cuenta que eres una puta obrera del periodismo. Volver a tocar el viejo CD de Nina Hagen. Engancharte de Charli. Cambiarle al radio cada vez que el Che inicia su programa. Odiar la lluvia porque te llena de gotitas los lentes. Decir no y ser ignorada. Ver un 52 en la báscula y saltar de alegría. Tener un jefe idiota tras otro y darte cuenta que no importa cuantas veces cambies de empleo, así será invariablemente. Todo eso es la vida. Y lo que falta. Cagarte de miedo, pero experimentar la bajada más vertiginosa en la montaña rusa del nuevo Walt Disney World. Volverte adicta a la piel de tu novio y a su tatuaje. Amar tu piercing en la lengua aunque demuestre, según algunos, inmadurez. Bajar en bicicleta al trabajo a toda velocidad escuchando La Ritournelle. Andar de fashion y con un martini en la mano.


martes, julio 25, 2006

Fiber for one day*










FOTOGRAFÍAS: "A fiber story", tomadas durante el primer día de actividades del Festival Internacional Benicàssim, en Valencia, España.

Olas


Los escuché por primera vez hace 12 años. Eduardo me contó que su canción decía mi nombre. Dos años más tarde eso me sirvió para ganarle a Pablo un CD de Tori Amos, el “Boys for Pele”. Me encantaba apostar que Wave of Mutilation llevaba mi nombre en su letra, sólo por vanidad. Me encantaba constatarselo a quien fuera. Un honor que una canción tan bella lo lleve. No conozco la vida de Black Francis o de Kim Deal, ni de Joey Santiago o David Lovering como para entender el significado de la letra de esta canción. Podría ser cualquier cosa, cualquiera. La imaginación puede rebasar cualquier forma de lectura ajena. La imaginación puede acercar a las personas o sólo alejarlas, así estén frente a frente o a kilómetros de distancia. Cada quien decide la lejanía a pesar de la distancia, la distancia en la presencia o la cercanía en la circunstancia que sea. El dardo está tirado y el corazón lleva sólo un nombre, una esencia en la que no cabe sirena alguna, ni en comentario.
Pude ver a Pixies por primera vez hace unos días. Benicàssim. Fui una fiber. Combinación cliché: playa, sol y gente. Un montón de chavetes drogados y semi desnudos en busca de diversión festivalesca y musical. Será que soy ya una adulta contemporánea que no me divertí a raudales, ni esgrimí más de 40 minutos una sonrisa en mi rostro; será que no me drogué como debía, que me pareció tan efímero todo aunque deseé disfrutarlo intensamente para mis adentros. Vi a la hermosa Kim Deal con el cabello corto y su bajo, a un Black Francis algo chaparro para como lo pensé; Santiago, un virtuoso de la guitarra, y Lovering, aferrado a su batería, todos reproduciendo las melodías de mi juventud dorada y loca, otros tiempos siempre memorables, quiméricos ahora.
De poderlo hacer me hubiera quedado ahí, a 10 metros de ellos escuchándolos tocar todo “Doolittle”, mi favorito, sin volver a casa, aunque los pies me dolieran de estar parada por horas, defendiendo a toda costa mis dedos calzados por una chancla de la inclemente horda de ingleses ávidos de rock and roll. De poder, hubiera elegido ir contigo siempre a ver a mis ídolos de juventud, llevando unas pupilas de plato que te cagas, para bailotear lentamente a The Strokes un poco después en pasos lentos, sensuales y hermosos como sentí a Deal al tocar su bajo, cantando los coros de Tame, en un quejido dulce y desgarrador como siempre fue en las mil y un reproducciones que hice de ese disco.
Eramos 30 mil escuchando Wave of Mutilation. Fui tan feliz.

miércoles, julio 12, 2006

Desde Asturias con amor


Se llama Bruno Mateos y gracias a los artilugios de defensa con los que se protege mi mente, he olvidado muchos de sus hábitos cotidianos, los cuales pude conocer mientras fue mi compañero en un piso situado al lado del Mercat de Sant Antoni. Es oriundo del Principado de Asturias, padece de sinucitis y se le cae bastante el cabello. Tenía una novia, Carlota, que lo dejó vestido y alborotado con la idea de que vivirían juntos, que ella lo rescataría de la pocilga de cuarto en que se alojaba desde hacía un par de meses y que por fin tendría lo que más necesitaba en la vida: una segunda madre, ¡no! Discúlpenme, él lo que hubiera deseado si acaso era una chacha que le lavara, fregara, barriera, trapeara y, de ser posible, le cortara las uñas de los pies, limpiara los rastros de meados que dejaba en la taza del baño como consecuencia de su mala puntería y le sonara los múltiples mocos que se le arremolinaban en las narices y que yo tuve a mal encontrarme embarrados en la bañera, junto a sus molestos cabellos, como un masacote gelatinoso y peludo. Creía que lo sabía todo, pero todo, incluso que los mexicanos somos unos sufridos porque estamos geográficamente situados debajo de Estados Unidos. Pero Bruno nunca ha estado en México y me parece que conoce a pocos mexicanos. Incluso desconoce qué hay allende las fronteras de su pueblo, Gijón, porque una vez tuvo a bien preguntarme si existían minas en México. Hay que destacar que su estancia en Cataluña representó el primer alejamiento del seno materno. Nadie letrado y con más de tres dedos de frente (características de las que se consideraba dueño y señor) preguntaría eso. Alguna vez, recién lo conocí, me simpatizó. Pero el hombre dilapidó con tezón aquella simpatía ganada. Ahora, lejos de él, curada de espantos, puedo dedicarle este post y gritarle al mundo, a Carlota y a todas las “pibas”, como llamaba a las chicas en edad de merecer: ¡HUYAN DE ÉL MIENTRAS PUEDAN A MENOS QUE LES ENCANTE TENER A UN MAMARRACHO A SU LADO! Carlota, no sabes de la que te salvaste reina.

FOTOGRAFÍA: "I'm stupid and stupid is with me", en la que apaceren Bruno Mateos y su amigo Carlos en la salida de algún cine barcelones (foto de la foto original que pirateé para este post).

La vida sin suavizante




¿Hay alguien que no olvide el suavizante? ¿Alguien que lo lleve en la mente como instinto? Yo, definitivamente soy de las mujeres que lo olvidan y he lavado cientos de veces la misma ropa, la ropa nueva, la ropa odiada, la ropa que compro para causar envidia entre las chicas menos beneficiadas, la ropa que es adquirida sólo para ser quitada. Con toda la ropa es la misma cosa: olvido el suavizante. Y no sé por qué putas el día que lo recuerdo se mancha la ropa, la que mejor me hizo lucir en alguna ocasión, y hay que llevarla a teñir, porque soy incapaz de hacerlo por mi cuenta. En realidad no es que olvide el suavizante. Compro una botella cada quincena. Lo que olvido es el momento justo en el cual vaciar la medida apropiada al interior de la lavadora. Al final, no fui de las afortunadas chicas que fueron criadas para recordar ese momento crucial en la historia del lavado. Yo soy de las que fueron criadas para ejercer su santa voluntad e incluso, a veces, ponerse tan bordes que insultan hasta a sus novios y les dan en la jeta con sus desplantes. Ya quisiera yo haber sido educada para ser de esas, porque parace que lo pasan mejor. Bueno, no es que lo pasen mejor, es que al menos no son de las que les brota la curiosidad por los chicos de corte moderno, de tipo entre intelectualoso y desaliñado, de los que te das cuenta al instante que tienen un gusto particular por el desorden, el cual les viene directo del desvan que construyeron con tezón en su cabeza desde la infancia. Eso es lo único que envidio a esas chicas de ropas planchadas y lisas gracias al suavizante. Yo, que ni al planchado llego, me he merecido encontrarme por tal descuido con un par de patanes por ahí que me han dado de patadas en el trasero hasta hacerme llorar y, por una cierta patología que creció en mi cabeza desde pequeña, no me quito. No me quito y no me quito. Supongo que cada arruga en mi ropa, sobre todo en las camisas de algodón, debe reflejar ya las arrugas que llevo en el corazón y en la esperanza de toparme por fin con un tipo decente, de esos que quieren a las chicas expertas en suavizantes y temperaturas de plachado. Yo, en cambio, sólo sé que a cierta temperatura en el cuerpo se deben consumar ciertos actos que de conocerlos las madres de esas bien educadas damicelas, las encerrarían casi, casi en un convento, digo, de existir ese tipo de paliativos y correccionales para señoritas decentes, de buena familia y muy bien arregladas. A mí me encantan los correctivos, pero de posiciones y en la cama. No hay nada como que esos patanes hijos de puta te acomoden a su antojo en las posiciones más enfermas que hay y que no te imaginabas que existían hasta que gritaste de emoción cuando pensabas que nunca más ibas a volver a perpetrar un descubrimiento que apuntar en la libreta de los recuerdos de la carne. Supongo que agradezco que mi madre me haya mal criado y me consintiera lavando mi ropa en esa cuadrada maquinaria que compró cuando nos mudamos a un barrio un tanto más fresa. Dejó atrás ese armatoste de dos cilindros y se puso a la moda. Yo sólo pude echar mi moda en sus fauces y esperar a que mi madre se acordara de echar el suavizante y no la juzgo, porque no creo que haya sido exactamente de esas chicas estiradas y de alta alcurnia que saben colocar las cosas en su sitio o por lo menos en el momento en que deben ser colocadas. Sólo dios sabe si estas categorizaciones mías tienen alguna lógica o razón de existir en mi cabeza. Ha de ser pura envidia. Si sólo alguna vez pudiera recordar que debo echar un chorrito de ese líquido lechoso cuando el ciclo de lavado indica “enjuage”, mi vida estaría más enderezada. Quizá así no me hubieran dejado como me dejaron esos patanes que dejé entrar a mi vida creyendo que sus muecas de altivez iban a hacerme la mujer más feliz del universo, aun sin importar que no recordara colocar el maldito suavizante. Ahora ni lavando la ropa como se debe me puedo deshacer de ese dolor al que trato de ponerle palabras para que no se pudra solo adentro. De poder, me arrojaría al canasto de ropa para ser lavada por una de las niñitas mimadas de clase alta y gustos refinados, tal vez así saldrían de mí estás manchas que dejaron con su mal trato esos tipejos de cuarta. Tal vez así saldría suavizada y en un estado de relax total tal y como si hubiera ingerido un calmante de nervios. No es que me guste vivir en constante negación, pero esta asfixia maldita, joder, debe salir de alguna forma. El lavado se llevaría esas incómodas noches en las que decidí beber como cosaco mirando cómo mi amado patán miraba a otras chicas, charlaba con ellas, reía, y carcajeaba mientras yo me aferraba a mi bebida, sentada sola en la barra, embargada de ignorancia, de su apatía por mí. Por eso tengo la esperanza de aprender a lavar la puta ropa, porque no estaría de más sacar estas manchitas incómodas de mi cabeza. Aunque estoy segura que mi vida, mi historia, nunca resplandecería tanto ni con mil talladas. Te haces viejo y te llenas de polvito, de la mugre de cada mal momento que pasaste al lado de esos imbéciles de mierda. La verdad es que el resplandor perfecto no existe. La perfección en sí no existe. Siempre seguirás comprando ese corte fetiche en la ropa aunque todos te digan lo fea que te va. La necedad de no recordar la gran importancia del suavizante. Las recaídas en esta falla mortal. El gusto eterno por la postergación de las patadas en el trasero. Mi reino por un cuartito de suavizante en mis entrañas rajadas.

lunes, julio 10, 2006

Desairada



La parada del metro estaba sola. Y en esta esquina del planeta la solitude reina también. Hojas secas. Charla en el arco de un triunfo desconocido. Poco me dice algo. Estanques por el camino de Sant Joan. La voz del genio inglés. Una llamada que se corta casualmente. Músculos tirantes que demandan la fuerza que se quedó hace horas en una barra de restaurante. La sonrisa rota ante un "no soy camarera". Escasas las metáforas. Recuento de ganadores de mundial. Uruguay '54. Inmutación total ante tanta vida. O no. La piedad no se da en maceta. Ni la paciencia se encarga al proveedor. Força baby. Lo que te falta aún y tú sin ponerle aire a las llantas de tu bicicleta. Tanta paz y yo sin pescar ni la resaca.

Eterno el retorno


El viaje no suponía un desgarro, pero en noches rotas como la de ayer, se me cae un poco todo. Lo peor es sentirlo adentro, porque no hay manera de penetrar y reparar lo caído, lo desvencijado. El puto desgarro de mierda. El que no se quita con paracetamol.
En realidad el viaje sólo supone mudar de piel, quedarse con los básicos; supone regresar y retomar la vía. Retornar. Eterno el retorno. Por eso te marco y ruego no encontrarte dormido, porque es domingo y sé que generalmente los domingos practicas encierro riguroso. Si logro encontrar pronto tu voz, si puedo así abrazarte con mis palabras, conseguiré sentir de manera adelantada la sensación de regreso en la medida justa para tomar fuerzas y terminar el viaje que fue tan necesario, como absurdo puede resultarme ahora, cuando te encuentro dormido, balbuceando una explicación que no entiendo, porque yo lo que necesito es escucharte y entonces vuelvo a tu voz grabada en el celular desde una fiesta bien fresa en la que no sabes qué hacías, en la que muy seguramente la promesa de encontrar un paraíso temporal se desdibujó conforme pasaron los minutos y te quedaste solo, rodeado de gente que bien te puede dar lo mismo, que no te dice nada, que te aburre y desespera, en la que no encuentras sentido, ni diversión, ni felicidad como cuando salíamos solos a vagar un sábado por la noche, parando en un Seven Eleven para cargarnos de cigarros que fumaríamos en El Lima hablando de nuestros nombres y de correos electrónicos y encuentros en el messenger. Después un beso corto, luego uno más largo y abrazos y sonrisas y tus hermosos ojos cafés que nunca me voy a cansar de admirar. Vamos a tener que quedar a una hora que nos junte a pesar de esta diferencia horaria de mierda, porque yo te quiero escuchar, porque yo te quiero Tomás. Te quiero todo.

domingo, julio 02, 2006

Actos locutivos

Lo de ser espía, es algo que no se me va a quitar nunca. Lo llevo en la sangre. También tengo la manía de hablar sola, en voz alta, como cuando llegué un día a Lulio buscando a Aimeé y a Liliana; las busqué con la mirada, repasé todo el lugar y no me quedó otra que balbucear en voz alta mi reniego ante no encontrarlas, según mi repaso. Ellas rieron hasta morir ante la escena. De eso hace algunos años ya. Las conocía a ellas y conocía el mundo del periodismo cultural. Qué tiempos aquellos. Los buenos viejos tiempos. Cuánto aprendizaje, cuántas vivencias. Y nunca lo hubiera imaginado. Lo que nunca te imaginas que te va a suceder es lo mejor que te va a pasar en la vida. Tampoco imaginé nunca que 10 años después de conocerlo, estaría con Tomás. Lo conocí una noche de marcha, en el más absoluto cliché. Pero pregúntenle si es cliché querer así a una persona o tener todas las certezas del universo respecto al amor. Eso; aquello. Puedes pasar del conflicto y reconocer al amor, sin complicaciones. Y lejos de cualquier conflicto estoy ahora y eso tampoco lo hubiera creído nunca. A mear dentro del hoyo. A pintar raya, que ya es hora. A decir lo que se siente con gestos o sólo las palabras (actos locutivos) necesarias (os), con ausencias necesarias. A trazar límites, a dejar lo que no interesa afuera. La vida da vueltas, muchas, pero te sigue sorprendiendo siempre. Te sorprende una tarde de ocio en el trabajo con una lista de música maravillosa programada por David Byrne. Con la redacción de este texto en el barrio de Grácia, en el que nunca pensaste vivir. Y tienes es el poder de decirlos, de crear una instancia material para explicarlos, con palabras (actos locutivos de nuevo). Y bebes una cerveza y te vas a dormir. Sin Aimeé, ni Liliana y lejos de Tomás y de toda la gente que amas tanto como a tu vida. Quieres llorar. Pero la vena de espía prevalece y viajas en el tiempo y sigues hablando sola en las calles y vives tu vida sin conflicto, disfrutando de las endorfinas después del recorrido a casa en tu bicicleta. Con un nuevo soundtrack a cuestas. Eres feliz y abres un blog para contarte. Bienvenida. Tengo la palabra.